Entrevista a Anna Starobinets: “nos estamos olvidando de cómo comunicarnos en persona”

Anna Starobinets y James Womack, su editor en España e interprete durante la entrevista.

Anna Starobinets y James Womack, su editor en España e interprete durante la entrevista.

Anna Starobinets (Moscú, 1978), es una de las pocas escritoras rusas contemporáneas de literatura fantástica valorada por la crítica de su país. A día de hoy sólo dos de sus libros han sido publicados en español, gracias a la interesante labor de la editorial Nevsky Prospects: la antología Una Edad Difícil, con relatos cercanos al terror y a la ciencia ficción, y la novela distópica El Vivo, una inquietante prospección del futuro de las redes sociales que no desmerecería en compañía de novelas como el Nosotros de Zamiatin, el Un Mundo Feliz de Huxley o el 1984 de Orwell. El pasado 13 de abril Anna Starobinets visitó Olot en el marco del Festival MOT y tuve el privilegio de poder entrevistarla para todos vosotros.

Su literatura habla de la realidad desde un punto de vista fantástico. ¿Qué le aporta, como escritora, el elemento fantástico?

Creo que, personalmente, necesito algún elemento fantástico, alguna asunción fantástica, como herramienta para comunicar algunas ideas o emociones que no tienen porqué estar conectadas con lo fantástico en sí mismo. Tal vez quiera hablar del sentimiento de haber sido abandonada, o de haber perdido un hijo, o la pareja, o de haber cambiado interiormente. Son cosas que me producen temor pero son enormemente reales, nos pueden pasar a todos a lo largo de nuestras vidas. Para mi, cuando tengo que escribir sobre ellas, es más sencillo transmitir esas emociones recurriendo a algunos supuestos fantásticos.

Hablemos de “Una Edad Difícil”, por ejemplo. En ese relato hay un supuesto fantástico: que el organismo del niño se convierte en anfitrión de las hormigas. Es evidente que es un elemento fantástico, nos puede recordar a Kafka y su Metamorfosis pero, antes que nada, es el proceso de cambio observado por la madre, un proceso a través del cual sus hijos se convierten en algo diferente. De hecho, le puse el título “Una Edad Difícil” porque en ruso es una frase hecha que quiere decir “unidad de transición”, más o menos. Si tienes un hijo, más tarde o más temprano sufrirá esta transformación. Lo único que hice fue exagerarlo y hacerlo grotesco. Hice que pareciera fantástico, pero yo conozco a madres que han tenido la sensación real de que sus hijos se convertían en alienígenas. No es más que un ejemplo.

Lo cierto es que no creo que lo que escribo sea ni ciencia ficción auténtica ni místico. Yo intento escribir sobre cosas reales. No es ficción realista, pero hablo de cosas que me preocupan de verdad. Lo que me preocupa no es que vengan unos marcianos y nos invadan.

¿Cómo se refleja su entorno, su sociedad, en el tipo de especulación que proponen sus libros?

Según la crítica rusa soy una autora más bien universal, sin demasiada conexión directa con la situación actual en Rusia… pero yo creo que esa conexión es inevitable y, de hecho, ni siquiera querría evitarla si pudiera. Estoy influída por el contexto ruso, tanto por formación como por mi forma de plantear mi trabajo. Podemos usar el mismo ejemplo, “Una Edad Difícil”, un relato místico que podría ubicarse en cualquier ciudad y en cualquier momento del tiempo. Eso por un lado, pero por el otro decidí deliberadamente situarlo en un barrio dormitorio de Moscú que me provoca terror, que en ruso recibe un nombre que significa “campamento militar”, ese lugar en el que si tuvieras un ejército harías que se detuviese a descansar. Es un sitio que me da mucho miedo porque, ya de entrada, sin necesidad de ninguna transformación, es un hormiguero. Es un lugar en el que vive un montón de gente muy junta. Son edificios muy altos, muy alejados unos de otros, y la gente que sale a trabajar por la mañana y no vuelve hasta la noche parece formar parte de un mecanismo, no existe ningún tipo de individualidad. Cuando construyeron esos edificios nadie pensó que las personas tendrían que comunicarse. Vives en tu apartamento, sin ningún tipo de conexión, y en lugar de una vida tienes una función, no eres humano. Yo viví allí. Desde los dieciocho años alquilé apartamentos en muchos barrios de Moscú, así que he explorado toda la ciudad. Este tipo de barrio es el que me asusta. Cuando vivía allí me sentía como una especie de insecto intelectual.

“El Vivo” es una advertencia muy clara acerca de determinadas direcciones que está tomando nuestra sociedad. ¿Le parece que la literatura tiene el poder —o incluso la responsabilidad— de intentar modificar tal camino?

No me parece que un escritor, o la literatura, tengan el poder necesario para cambiar nada, pero sí pienso que, en ocasiones, el escritor puede sentir algunas cosas antes de que sucedan. En ese caso su deber es describirlas.

Un escritor (no recuerdo su nombre) dijo que el escritor era como esos pájaros que usan los mineros como sistema de alarma para detectar la presencia de gases tóxicos en las minas. El escritor puede proporcionar una advertencia de este tipo para el público, predecir los problemas que vendrán.

“El Vivo” es una de las distopías más pesimistas que he leído. Incluso niega, en cierto sentido, la posibilidad de una alternativa mejor. Ahora le robaré una pregunta que le oí hacer hace poco: ¿Cómo cree que será el mundo dentro de cien años?

Bueno, mi idea era escribir una anti-utopía y, en ese tipo de libros, desde el “Nosotros” de Zamiatin hasta el “1984” de Orwell, el protagonista siempre acaba siendo asimilado por la sociedad con la que se ha estado enfrentando. Eso en lo que respecta al género en el que se enmarca, pero sobre tu pregunta sobre mis ideas y mis sensaciones acerca del futuro, no me parece que entren en contradicción con el género.

Mi impresión es que Internet nos está haciendo algo muy peligroso. No tengo claro que hoy en día se perciba ese peligro, al menos en España. Por lo que he oído, pero no es algo de lo que esté segura, en las sociedades más tradicionales de Europa es habitual que las personas utilicen Facebook en el trabajo, por ejemplo, y luego al llegar a casa no se conecte más. Dejan de comunicarse cada cinco minutos y pueden comunicarse con sus familias, cenar juntos, etc. ¿Es cierto?

Bueno… depende… no creo que esa desconexión sea absoluta…

En Moscú estamos conectados a la red durante las 24 horas del día. De hecho, cuando estás en el trabajo toda la comunicación social pasa por Internet, no por la vida real. Incluso yo, en ocasiones, a pesar de no haber visto a mis amigos durante más de una semana, tengo una sensación muy intensa de haberme estado comunicando con mucha gente durante muchos días. A veces mi marido y yo, escritores ambos, nos quedamos en habitaciones separadas con nuestros ordenadores portátiles y no nos comunicamos aunque nos queremos de verdad. Puede acabar el día sin que nos hayamos dicho más de cuatro palabras. Incluso puede llegar el momento de poner a dormir a nuestra hija sin que le hayamos preguntado siquiera cómo le ha ido el día y la escuela. Eso irá a más, no me cabe duda de que pasará alguna cosa con la forma de comunicarse de la gente porque estamos empezando a olvidar como hacerlo en persona. En Rusia tenemos una larga tradición de lo que llamamos “conversaciones de cocina”. No hablamos de política en el salón, aunque tengamos uno, sino sentados en la cocina mientras bebemos te. Esta tradición está muriendo porque estas discusiones, ahora, las tenemos en Facebook.

O sea, el primer problema es que dentro de cien años habremos olvidado cómo comunicarnos en persona o cómo tocarnos. El segundo problema, creo, será que a nuestra memoria le va a pasar algo terrible porque nos hemos acostumbrado a tener toda la información en la red y sabemos que la podemos recuperar a voluntad con una simple búsqueda en Google. Tenemos una gran dependencia de una información que, en realidad, no nos pertenece; ha dejado de estar almacenada en nuestros cerebros y reside en sistemas externos. Si a esos sistemas les pasa alguna cosa nos quedaremos indefensos. He leído algunos resultados científicos relacionados con el funcionamiento de la memoria que demuestran que depende de nuestra sensación de seguridad de poder recuperar toda la información en cualquier momento. Hoy estamos tan seguros de poder recuperar toda la información que nuestros cerebros se niegan a memorizar muchas cosas. Los escritores del Siglo XIX son un buen ejemplo de este problema: sus cerebros, sus memorias, tenían una capacidad mucho mayor. Cuando lo pienso me pongo muy nerviosa porque sé que esos escritores eran capaces de escribir novelas enormes sin tener Internet. Sabían un montón de cosas y además tenían tiempo para escribir. Disponían del conocimiento y del tiempo, mientras que yo no tengo ni lo uno ni lo otro. Yo me veo obligada a buscar cualquier dato en Google y luego, al día siguiente, todo lo que he aprendido se ha desvanecido de mi cerebro.

Lo último que nos pasará será que nos quedaremos sin tiempo para hacer cosas. De algún modo, Internet devora todo nuestro tiempo. Yo soy consciente de ello y, a pesar de todo, a veces me conecto a Google para consultar la previsión meteorológica para la noche o para el día siguiente y, de repente, me descubro haciendo alguna otra cosa en Internet y han transcurrido tres horas. ¡Me pasa continuamente, yo sólo quería saber cuánto frío haría y unas horas más tarde estoy discutiendo con alguien en Facebook y todavía no sé qué tiempo va a hacer! Y si yo, a pesar de tener cierto grado de inteligencia y ser consciente del problema, no puedo controlarlo… las nuevas generaciones estarán completamente indefensas. Ni siquiera sabrán que antes las cosas eran diferentes.

¿Qué lugar ocupan los géneros fantásticos para el público y la crítica rusas?

Bueno, se les considera una literatura de segundo nivel aunque los escritores de género se ven a sí mismos como parte de una élite y tienen sus propias convenciones, congresos, etc. En parte es porque la etiqueta “fantástico” es problemática. De hecho, a mí no me gusta que me la apliquen. En Rusia existe una especie de conglomerado editorial único a través del cual se publica todo y la literatura fantástica está un poco menospreciada. Por eso prácticamente no existe crítica dedicada a la literatura fantástica, aunque mi obra es una excepción y estoy un poco al margen de esa etiqueta y sí se escriben críticas sobre mis libros a pesar de tener tiradas bajas.

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4 thoughts on “Entrevista a Anna Starobinets: “nos estamos olvidando de cómo comunicarnos en persona”

  1. Interesantes conceptos de Anna, “El vivo” está en mi lista, ya me dan ganas de adelantarle turno. En unos días publico mi experiencia con 1984 que va llegando a su fin.
    Voy a oxigenarme con algo no distópico y luego iré por El vivo.
    La vida real ataca de nuevo y una mudanza me privará por un tiempo de la distópica realidad virtual. En cuanto llegue a mi nuevo habitat: ataco de nuevo.

    • qdony dice:

      ¡Suerte con la mudanza! Son un determinante de mala salud mental, ¿lo sabías? 🙂 Así que sí, elige una lectura divertida para compensar y cuando estés bien aposentado ya te pondrás con El Vivo.

  2. Koreander dice:

    Qué imagen tan idílica tienen de España si piensan que al llegar a casa la gente conversa entre sí, y comparte su día, sin necesidad de entrar a las redes sociales.
    Gran entrevista, Miquel. Me ha entrado mucha curiosidad por esta autora.

    • qdony dice:

      Lo mismo pensé yo, sí. Lo de “la gente solo consulta el facebook en el trabajo” me hizo mucha gracia, eso sí.

      Y gracias por el cumplido, Sergio. Yo te recomiendo que la leas, creo que te iba a gustar. Mi impresión (y creo que es generalizada) es que los relatos son superiores a la novela, pero las dos cosas son recomendables.

      Un abrazo y gracias por comentar.

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