Deflagración, de Aitor Romero Ortega

deflagracion_aitor romero ortega_pezsapoSegún la RAE una deflagración es la “acción y efecto de deflagrar” y deflagrar, a su vez, es aquello “dicho de una sustancia: Arder súbitamente con llama y sin explosión”. Es un título sonoro, altisonante y engañoso, al menos según mi lectura, que condiciona las expectativas del lector y le hace bajar la guardia ante ciertos elementos de la resolución de la novela que prefiero no detallar excesivamente. Lo digo, por si alguien se lo iba a tomar por el lado negativo, como reconocimiento de una de las muchas virtudes que tiene el texto de Romero Ortega.

Es posible que uno de los principales riesgos de este libro, que no el único, sea su elección de personaje protagonista: Unai, uno de los mayores pasivo-agresivos que ha dado la literatura con la posible y muy honrosa excepción del Zeno de Italo Svevo. El propio autor da la clave de la novela cuando, ya en la primera página, afirma que

Es posible que para escribir una historia sea sufciente con tener a una persona que ha saltado al vacío, sin prestar demasiada atención al decorado y al ruido de fondo.

Y establece un tono decididamente intelectual en el que es difícil establecer la distinción entre el narrador y el personaje, con una tupida red de referencias a escritores, poetas y otros autores relacionados con la alta cultura. Si tuviera que usar un cultismo para resumir el sentimiento principal que evoca la novela este tendría que ser ennui. Un “tan alta vida espero…” que prácticamente permite hablar de una novela emo y que, sin embargo, consigue conectar con el lector gracias al contrapunto de determinados (y dosificados con cuentagotas) momentos en los que el entorno consigue provocar una reacción en “ennui” Unai: un sobresalto, una decisión repentina inesperada y, sobre todo, la pasión (para ser él) con la que vive sus constantes lecturas y el contraste con la desidia, a menudo exasperante, ante el mundo que le rodea. El viaje de Unai se convierte rápidamente en un anti-viaje, un esfuerzo consciente por aislarse del mundo y no tener experiencias. Esfuerzo paradójico, huelga decir, dada su insistencia en recuperar escenarios y personajes de su pasado a lo largo de su periplo. Lo interesante aquí es que Romero Ortega sabe explicarlo, medir sus fuerzas y dimensionar la novela, y propone un texto que impone una distancia con el lector sin renunciar a su capacidad de seducción construyendo una novela atractiva con la que es posible —tal vez inevitable— empatizar. O quizás lo que sea inevitable sea rechazarla, no lo tengo claro, pero en cualquier caso lo que resulta difícil es dejar de leerla.

Desde el principio del libro, poco después de la decisión consciente de Unai de dar ese primer salto en el que empieza su caída, se establece un paralelismo entre el personaje y la muerte por asesinato del joven poeta valenciano residente en Barcelona Enric Clos (inspirado en el caso real de Salvador Iborra, como reconoce el mismo autor en la dedicatoria inicial). El vehículo de esta relación entre la muerte del poeta y el viaje de Unai se refleja, sobre todo, en la obsesión de este último por todas las noticias relacionadas con el asesinato y su instintiva reconstrucción, imaginaria, de la pesonalidad de Clos y sus filias lectoras. Es un recurso consistente con la importancia que Unai le da a sus lecturas (ey, que incluso lee novelas de ciencia ficción. De la solipsista y paranoica, no podía ser de otra manera). Lo interesante aquí, lo que se trasluce, es que Unai es consciente de su… ¿cobardía? Y que a Clos le ve como a aquel que le hubiera gustado ser, alguien capaz de perseguir lo que quería para darle sentido así a su vida. En la mentalidad de Unai me atrevo a imaginar que que el hecho de que la muerte de Clos fuera tan absurda como heroica (enfrentado a los ladrones de la bicicleta de una amiga) no debía servir más que para confirmar el sentido de su vida. Keep calm and be romantic.

Y luego está el final… un final inesperado —pero justificado— que le cambia el sentido a la novela, le enseña el dedo corazón al lector y confirma que el autor no sólo había previsto la reacción del lector ante lo que le había ido explicando si no que contaba con ella como fulcro de la novela y que permite que accedamos por primera vez a la conciencia de Unai y reevaluemos lo que pensábamos que sabíamos de él. Yo le reconozco el gol. Es por ese final, para mi explosivo, por el que considero que el título del libro es engañoso.

Esta novela no es para todos los lectores y una de las reacciones que provoca, tal vez de forma deliberada, es cierto rechazo. El protagonista se muestra antipático hacia el lector, el tono de la narración está a un paso de la arrogancia y la trama puede leerse como anti-clímax seguido de anti-clímax, y sin embargo permite una lectura en varias capas que tiene mucho que ofrecer. Buena parte de su atractivo se debe a la habilidad de Romera Ortega como narrador y a su elegancia como prosista, además de haber sabido jugar su novela en la distancia justa para no diluirla. Mi impresión es que es uno de aquellos libros que tiene un momento preciso y que exige un diálogo con el lector, no una lectura pasiva —es posible que si la pasividad de Unai se sumara a la de un lector pasivo se generara una singularidad capaz de absorber en su pasivo horizonte de sucesos el conjunto de la creación—. Vale la pena acompañar a Unai en su caída. Que el aterrizaje os sea leve.

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