La Habitación de Nona, de Cristina Fernández Cubas

la habitacion de nona-cristina fernandez cubas-tusquets editoresHace poco más de un año que descubrí la obra de Cristina Fernández Cubas, cuando leí su Todos los cuentos y tuve la oportunidad de entrevistarla en el Festival MOT. El enamoramiento fue instantáneo, que no mutuo. Creo que si te interesa el fantástico en español —por no decir si te interesa la literatura en general— es una autora inevitable. La habitación de Nona representa su regreso al mundo del relato después de los nueve años transcurridos desde su última antología de relatos (descontando la recopilación de Todos los cuentos en 2008) y desde la publicación de su novela La puerta entreabierta como Fernanda Kubbs en 2013. Se trata de seis relatos con una atmósfera inquietante muy característica de la tradición fantástica que cultiva Fernández Cubas, aunque entre líneas me parece ver un intento —no completamente logrado— de actualizar o modernizar algunos de los motivos temáticos de su obra. Aunque ninguno de los relatos es menos que notable, creo que el conjunto del libro adolece de cierta disparidad, de formato y de resultado, que le perjudica.

Quizás sea “La habitación de Nona” el relato con el tenga una relación más problemática, en la que la elegancia de Fernández Cubas como prosista y la fuerza del texto se tambalea ante la falta de verosimilitud del artificio en el que se apoya la narradora. No me refiero a la deliberada voluntad de engaño, existente y justificada, del texto; hablo de una verosimilitud básica cuya ausencia le resta valor al relato en su conjunto. Tomado de forma literal, en cualquier caso, sin buscarle tres pies al gato, “La habitración de Nona” consigue lo que busca —poner los pelos de punta en determinados momentos— y está perfectamente tramado. El relato reaparece más adelante en “Interno con figura” —el texto, esta vez, que le presta portada al libro—, en una pirueta metaliteraria deliciosa que contribuye a darle al volumen una consistencia que no le sobra. En “Hablar con viejas” se habla de la desesperación y de cómo nos puede llevar al egoísmo. El relato lo apuesta casi todo a lo inesperado de un final que, en definitiva, no lo es tanto. Más interesante me parece “Interno con figura”, que empieza con una visita al Museo del Prado de la protagonista, presuntamente la autora, donde se exhibe el cuadro “interno con figura” de Cecioni. Lo mejor del relato es como se convierte en una especie de cinta de Moebius narrativa en la que la mente de la escritora no puede resisitirse a fabular a partir de un acontecimiento real, por un lado, y la inquietante escena en la que una niña interpreta el cuadro que le da título al relato. Más que la originalidad, su mayor virtud es la habilidad de la autora para tejer el lenguaje, una característica compartida por casi todos los relatos incluídos en el libro. Uno de los los relatos más sugerentes y con menos elemento fantástico de la antología es “El final de Barbro”. Me gusta como usa de la primera persona del plural en la narración y la descripción de cómo puede crecer resentimiento. La estupenda manera de cerrar el círculo en la conclusión es inesperada, magnífica. “La nueva vida” es un texto triste, nostálgico, en el que lo más interesante sea, quizás, el momento de transición en el que la realidad se tambalea. Cómo sucedía en “Hablar con viejas”, es un relato relativamente sencillo un tanto previsible y también comparte con él la narración en tercera persona. Ambos relatos consiguen lo que (creo) persiguen, mejor el segundo que el primero, pero tengo la impresión de que Fernández Cubas se desenvuelve mejor con puntos de vista más subjetivos. El cuento que cierra el libro es también mi favorito: “Dias entre los Wasi-Wano”. Aquí sí, Fernández Cubas usa las armas con las que es maestra sensei absoluta: punto de vista infantil, en primera persona, de un mundo adulto deformado por la imaginación (antropológica, en este caso) de la mirada de la narradora. Es un relato imaginativo, conmovedor y lleno de recovecos. Un final magnífico para el libro.

Al final, tomado relato a relato, La habitación de Nona no desluce en absoluto al lado de la extensa obra que ha cultivado Fernández Cubas a lo largo de más de tres décadas. Mantiene la idiosincrasia de su imaginario personal a la vez que explora, aunque tal vez con demasiada timidez, nuevos territorios. Ya sea como primer contacto con la obra de la autora o para recuperar la voz que tanto nos había cautivado en otros relatos, creo que La habitación de Nona es un libro imprescindible.

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