Station Eleven, de Emily St. John Mandel

station eleven_cover 1A nivel de crítica y reconocimiento en galardones, Station Eleven está teniendo una repercusión que va más allá del público habitual de la ciencia ficción y las críticas que acumula en algunos de los principales períodicos internacionales concuerdan en destacar la calidad de la voz literaria de Emily St. John Mandel —algo con lo que me cuesta poco estar de acuerdo—. ¿Porqué algunas novelas de ciencia ficción triunfan entre el público general y otras no? Para mí es un misterio, y no creo que la respuesta dependa, exclusiva o principalmente, con su calidad. Tal vez tenga más relación con los círculos culturales desde los que surge —el entorno del autor o autora, o de sus editores, que a su vez condiciona hasta cierto punto qué sector de la crítica le prestará atención a priori—, aunque se me ocurren excepciones como el La chica mecánica de Bacigalupi o el El nombre del viento de Rothfuss (surgidos de un entorno cercano al fandom). Está claro, en cualquier caso, que calidades aparte, si Javier Marías escribe una novela de ciencia ficción eso llamará la atención de un sector del público (profesional y lector) al que una novela de Rodolfo Martínez (por nombrar a un autor con carrera dilatada) le hubiera dejado indiferente. Y aquí enfatizo muchísimo el «a priori», me refiero solo al impulso de leer el libro y prestarle atención en prensa, no a la valoración una vez leído. Despersonalizando, desde el punto de vista de difusión del género, me inclino a pensar que eso es antes bueno que malo, aunque también podría ser indiferente… Parto de la base de que un buen escritor será capaz de escribir una buena novela aunque no esté excesivamente familiarizado con las claves del género, y que incluso puede estar en situación de aportar un soplo de aire fresco. El ejemplo paradigmático para mi sería La carretera, la obra maestra de Cormac McCarthy. Luego, claro, está la contrarreacción espontánea del lector habitual de género: eso ya lo hizo antes, y mejor, el autor blablablá que además se llevó un Hugo y patatín, patatán. Cuestión de debate. Algo similar sucede con Station Eleven.

Station Eleven proof.inddEn un primer momento Station Eleven parece, y supongo que es, una novela post-apocalíptica más —aunque el amigo Jesús Cañadas afirme que esa categoría es un oxímoron— y sólo a medida que despliega su estructura se revelan las peculiariades de la propuesta de Emily St. John Mandel, más interesada en explorar las relaciones entre el disperso microcosmos de personajes que dispersa a lo largo de las décadas y la geografia de una norteamerica asolada por un virús de la gripe de diseño que ha acabado la enorme mayoría de la población mundial. Mientras leía esta novela a la vez que Josep Maria Oriol (podéis leer su reseña aquí) y que Cristina Jurado (correspondiente reseña aquí), Josep María comentó varias veces que, en realidad, no se trataba de una novela de ciencia ficción, algo con lo que yo discrepo pero con la que la autora estaría de acuerdo:

Para mí es indiscutible que St. John Mandel saca partido de los recursos de la ciencia ficción para desarrollar sus ideas, y si para ella esos recursos son instrumentos antes que un fin en si mismo… bien, de eso se trata, ¿no? Lo cortés no quita lo valiente. Josep Maria me preguntó por los elementos de ciencia ficción, si es que hay alguno, que contiene la novela, y creo que la respuesta es evidente desde la propia sinopsis: hay una plaga que acaba con el 99,99% (a ojo de buen cubero) de la humanidad y la novela nos enseña el futuro resultante de esa catástrofe. Es más, el hecho de que la novela alterne, como hace, entre los momentos anteriores a la hecatombe y las décadas posteriores no hace más que enfatizar esa diferencia, proporcionar un contrapunto a una especulación que, en mi opinión, es pura ciencia ficción. Y mucho más, claro que sí, pero es que para mi la ciencia ficción tiene que aspirar a más, por decirlo de algún modo.

Station Eleven, el cómic que da título a la novela

Station Eleven, el cómic que da título a la novela

En el párrafo anterior respondía indirectamente a la pregunta que me hizo Cristina Jurado: «¿Crees que la estructura de la novela favorece a la historia?». Sin duda, y más: creo que buena parte del valor de la novela viene de su inquietud literaria, de su interés en construir un entramado de relaciones que se articulan, en parte, a través de la estructura temporal alternante del texto y en parte a través del uso de una serie de motivos o elementos simbólicos relacionados casi siempre con el arte y la cultura; estos elementos van desde el teatro o el cómic que da título a la novela hasta el lema que da sentido al grupo de músicos y actores a los que acompañaremos por la norteamérica devastada, sacado de un capítulo de una de las series del universo de Star Trek: «Because survival is insufficient» («Porque no basta con sobrevivir»). O sea, que creo que más que «favorecer a la historia», la interrelación entre la estructura, algunos elementos de la historia y los personajes «es» la historia, lo que la justifica.

También es digno de mención el estilo de St. John Mandel, indirecto libre virtuoso, claro, elaborado y sembrado de frases convertidas mediante elipsis del predicado en una especie de puntuación del relato —casi haikus— que le dan una dimensión lírica a la dimensión; tal que así:

“The Symphony walked through the end of the day, clouds gathering and the air pressing down from above, rivulets of sweat running down Kirsten’s back. The sky low and dark by late afternoon. They were moving through a rural area, no driveways.”

(las cursivas son mías).

A otro nivel, algunos capítulos son guiones de entrevistas, otros enumeraciones, y postmoderneces varias. Poco que decir más que queda bien y no se hace raro, además de servir de atajo narrativo para presentar algunas situaciones en momentos avanzados del libro.

Este es uno de esos libros —y no es algo frecuente— que se revaloriza al pensar en él o durante el proceso de escritura de la reseña; es probable que os haya pasado alguna vez si cultiváis el dudoso arte de la reseña (en blog, para más inri) literaria. Durante su lectura, a pesar de disfrutarla siempre, se me plantearon muchas dudas sobre el planteamiento «amable» de la situación extrema que propone St. John Mandel —o «tranquilo», tal vez, pues la mayoría de los actos de violencia de la trama suceden entre bastidores—, o sobre la inverosimilitud de algunas situaciones; pero lo cierto es que una vez terminado y analizado me salen más virtudes que problemas. Sospecho que ganará con una eventual relectura. ¿Es una buena novela? Sin duda. ¿Es una buena novela de ciencia ficción? Es una buena novela. Diría, además, que tiene papeletas para acabar traducido al español y os animo a darle una oportunidad y a pensar un poco en él. A nivel formal no creo que se le pueda poner ninguna pega y a nivel de contenido tiene suficiente para ofrecer como para no ser una lectura a olvidar al mes de haberlo leído.

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3 thoughts on “Station Eleven, de Emily St. John Mandel

  1. […] La literatura es una criatura deliciosa e imprevisible: cambia de predilección temática cuando uno menos se lo espera, como es habitual por otro lado en cualquier manifestación cultural. Y en lo que respecta al género la tendencia en los últimos tiempos se decanta por los escenarios post-apocalípticos. Station Eleven, de la canadiense Emily St. John Mandel, se presenta como una historia de supervivencia que intenta ofrecer una visión distinta del día después. He leído esta novela junto con Josep María Oriol, cuya reseña podéis encontrar aquí, y Miguel Codony, que ha publicado la suya aquí. […]

  2. Koreander dice:

    A las etiquetas ya sabemos que es mejor no hacerles caso. Stephen King escribió una novela con una premisa muy similar (Apocalipsis) y por ser de King se la clasificó como novela de terror. Puede que lo sea, pero no más que otras obras pos-apocalípticas (con permiso de Cañadas).

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