Fantasmas de la Ciudad, de Aitor Romero Ortega

En Fantasmas de la Ciudad Aitor Romero Ortega nos presenta ocho relatos (pero a mi que no me fastidien: el prólogo es un relato de regalo) unidos por el amor a la literatura —a la creación artística, en sentido más amplio— como manera de entenderse a uno mismo y como objeto en si mismo. En sus cuentos abundan los escritores de los más variados pelajes, los lectores compulsivos o intuitivos, personajes que de forma activa o pasiva se relacionan con la letra impresa. Es una relación bidireccional que, hasta cierto punto, los relatos problematizan (se lee o escribe para vivir, pero se vive para leer y escribir). Quizás uno de los motivos principales del libro sea el de el viaje, urbano o con más ambición geográfico, somos reflejo físico de la vida y con un reflejo más alegórico en la literatura. Los distintos relatos —tal vez podríamos exceptuar el fantástico El Aeropuerto del Sur, aunque transcurra en ese extraño paréntesis viajero que son los aeropuertos— muestran como el viaje sirve de pretexto para explorar el pasado, a veces Histórico pero más a menudo personal —esos mitos de origen que tan a menudo menciona el protagonista de Hotel Torino—, a través de esas huidas hacia delante tan frecuente en las páginas del libro.

Vale la pena echarle un vistazo a los relatos de este libro, que pasa a engrosar el catálogo, cada vez más interesante, de la Editorial Candaya. Romero Ortega ya me había interesado como novelista en Deflagración, pero casi os diría que me seduce más —me produce más curiosidad, al menos— como cuentista.

Si os puedo pedir un poco más de paciencia, a continuación comparto mis impresiones personales de cada relato.

0. Prólogo inventado

Es un relato en sí mismo, pero me parece adecuado pensar en el texto como si su función fuera la de un prólogo. La voz del narrador tiene un punto de soberbia literaria, o impostación, que está presente en otros relatos, pero las metáforas con la ciudad funcionan y el juego de punto de vista también.

 

1. Conexión Montserrat

En buena medida está más cercano al ensayo que al relato, o al menos a un híbrido de los dos que carga más las tintas en la Historia que en la Ficción. Es una exploración interesante de algunos episodios de la vida de Trotski y de un cambio de era desde un punto de vista muy personal. Se pone un poco metaliterario al referirse a Ramón Mercader y creo que el relato no justifica por completo —mi impresión, por ejemplo, pero es personal e intransferible, es que tal y como está planteado el texto Nin hubiera sido mejor objeto de algunas reflexiones—. Buen inicio del libro.

 

2. El Aeropuerto del Sur

Relato muy eficaz con un crescendo bien llevado y una buena conclusión en la que el protagonista se ha transformado en menor o mayor medida. Saca buen partido del microcosmos de los aeropuertos en el contexto de la indefensión de los viajeros ante los retrasos de los vuelos. Es un buen escenario para crear una sociedad a pequeña escala —quizás podría haberse elaborado un poco más, pero creo que el autor está más interesado en su protagonista que en la comunidad— y la dinámica absurda —se impone el presente de la espera frente a las expectativas u objetivos de los viajes— que genera. Muy bien. La referencia al relato de Cortázar citado al inicio viene mucho a cuento, aunque en aquel el peso de la narración está mejor repartido y lo extraño pesa más. Al hilo del de Cortázar no puedo evitar pensar, claro, porque uno es lo que es, en el Pronto será de noche de Jesús Cañadas y su atasco durante el final del mundo. Literatura de microcosmos.

 

3. Naima

Es un buen relato, pero durante la primera mitad del relato le falta un centro y eso hace que me parezca un poco descompensado. En la práctica, desde que Naima llega a Argentina y empieza a tener algo similar a un objetivo vital, el relato gana atractivo. En conjunto me ha parecido muy interesante y tiene un punto de riesgo: intenta describir, precisamente, un personaje que vive huyendo hacia adelante y prescindiendo de cualquier apego emocional y eso es difícil; cuesta empatizar con Naima durante el primer tramo. El autor lo consigue en buena medida. El juego con el tema de Coltrane que da título a relato y protagonista está bien llevado y funciona para ilustrar ciertos cambios vitales de la narradora.

 

4. Hotel Torino

Muy metaliterario. Sumado a lo ya leído, me hace pensar que más que la Ciudad (que también) la metáfora de fondo del libro es el Viaje. Está claro que es un buen trasunto de, en este caso, la vida, la literatura, la escritura… de hecho, la equiparación entre el pasear por las ciudades, el leer y el escribir es una idea que se repite en el libro y que está bien llevada. Es posible (incluso probable) que mi lectura no sea la pretendida, pero lo que me ha interesado es que el narrador (en su búsqueda de un mito de origen personal) parece engañarse a sí mismo y eso produce cierta disonancia entre sus expectativas (diferenciarse de su padre, convertir la escritura en costumbre, leer determinados libros, disfrutar de las zonas más anodinas de Roma…) y su reacción espontánea (reproduce los pasos del padre, le cuesta llevar un diario, solo lleva el libro de Pavese porque sabe que si llevara cualquier otro ese robaría su atención, no disfruta de esas zonas y vuelve a otras que les resultan más familiares…). El relato tiene un buen contrapunto en Emilio y su propio proceso de documentación del viaje: hace falta un método, un objetivo. Con Emilio, además, guarda puntos en común, aunque este tenga menos dudas —en cierta manera su figura me recuerda al mentor en el camino del héroe “clásico”. —. El desenlace está bien llevado y provoca un cambio, tal vez pequeño pero suficiente y necesario, en el narrador.

 

5. La Colmena, Un Cuento Popular Urbano

Es un relato nostálgico sobre la transformación de Barcelona —más concretamente: del barrio de las Corts— desde los últimos años del franquismo hasta finales del Siglo XX, con la excusa de seguir la vida de la Figueras y su hijo, Kubalita. Es una buena reflexión del nacer y morir de los mitos urbanos cotidianos y, a otro nivel, del paso del tiempo. Es tristón y nostálgico.

 

6. Spaghetti Western

Tiene muchos puntos en común con Hotel Torino, al menos en la primera parte del relato. En cierta manera es la misma historia, o apela a los mismos tropos, pero sin la figura paterna como motivador. En este caso el narrador también realiza un viaje, en el contexto de una crisis vital, para resolver una especie de mito de origen relacionado con un disco de Bob Dylan que, durante su infancia, fue importante para él. También como en “Hotel Torino” se encuentra con un personaje con el que guarda puntos en común y con el que se produce una de las escasas relaciones cálidas del libro. La segunda parte del relato es una sorpresa que lo convierte en uno de los más interesantes del libro y de la que solo quiero decir que hace un juego muy llamativo, muy “meta”, con la voz del narrador y con la relación entre realidad y ficción.

 

7. Fantasmas de la Ciudad

Es un relato con el que, creo, podemos empatizar todos aquellos que hemos tenido proyectos que la desidia nos ha impedido llevar a cabo. Eso no es del todo justo con el escritor protagonista, que al fin y al cabo no es un principiante y tiene una carrera iniciada y más o menos estable, pero sí parece el sentimiento básico que impregna la narración. Quizás por eso, la conclusión a la que llega el escritor —impecable en el marco del relato— llega con una sombra de duda: ¿solucionará su crisis creativa? Es un tipo de relato que me gusta. A Aitor Romero se le da bien hacer protagonistas un poco antipáticos.

 

8. Puentes de Bosnia

Es posible que sea el relato que menos me convence, y en parte es porque creo que le falta un conflicto suficiente que justifique una conclusión satisfactoria. El escenario es interesante pero el final de baja intensidad. Lo veo más como una viñeta.

 

9. Conclusiones

Y ahora me voy a lanzar a especular de verdad, que es lo que me pide el cuerpo, y a hacer el tipo de valoración que lleva a los escritores a enviar a la mierda a los reseñadores. Malditos blogueros, ¿verdad?

Fantasmas de la Ciudad es un buen libro de relatos, independientes entre sí, pero con una serie de temas y recursos que le dan consistencia al volumen. Aitor Romero es un buen escritor y, después de haber disfrutado su novela “Deflagración”, tenía curiosidad por ver cómo se defendía en las distancias cortas: sin problemas, no me cabe duda de que volveré a sus libros. Además de cuestiones que unen los relatos, el autor demuestra que tiene variedad de registro y una paleta de recursos adecuada que, está claro, no hará más que crecer. Tiene un imaginario propio y un bagaje interesante. Le gustan los juegos metaliterarios, sin abusar de ellos, y practica ese tipo de escritura que halla placer en las referencias cruzadas con otras obras de la literatura o, en sentido amplio, de la cultura. Muy bien, vamos.

Y ahora lancemos la piedra sabiendo que no voy a poder esconder la mano: Yo creo —y enfatizo ese YO redundante: es algo que me gusta a MI, no algo que le haga falta necesariamente— echo a faltar un punto de humor o de ironía que creo le ayudaría a despegar del todo, a alejarse un poco de una cotidianeidad que probablemente sea deliberada pero que lastra, en cierta medida, la potencia de los relatos. Me parece que la seriedad, a veces, le coarta. Cada uno lee desde donde lee, claro, y yo vengo de tramas más… alocadas.

También tengo la sensación de que los relatos en los que utiliza la tercera persona son más fluidos, más imaginativos. Los narradores de Aitor Romero son personajes con voluntad de huida y deseo, sobre todo, de que les dejen en paz. Nada que objetar, y de hecho eso da pie a situaciones y reflexiones interesantes, pero a texturas un poco claustrofóbicas sin la libertad que le da al escritor una focalización externa. Probablemente Romero Ortega se sienta más cómodo con la primera persona, y le sabe sacar partido, pero precisamente por eso me gusta cuando sale de ella.

Recomendado.

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