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Victus, de Albert Sánchez Piñol

Victus

Todos los reyes, por definición, son unos tarados o acaban siéndolo. El único debate es saber si para sus súbditos es mejor que los gobierne un tonto del culo o un hijo de puta.

Albert Sánchez Piñol ha escrito, y lo digo sin cinismo alguno, un libro destinado a convertirse en el centro de atención y de las expectativas de medios de comunicación del público, al menos en Cataluña. Escrito, por primera vez en la trayectoria del autor, en español y centrado en la secuencia de acontecimientos que culminaron en el asedio de Barcelona y en su ocupación por las tropas borbónicas el 11 de setiembre de 1714, resulta tentador reducir la intención del libro a la mera provocación y… bueno… a cualquiera que lea esas primeras líneas le resultará difícil defender la inexistencia de ese espíritu (gamberro, irreverente y a niveles diversos) de escandalizar y meter el dedo en el ojo. Que se lo pregunten a Voltaire… pero, al mismo tiempo, enseguida se hace evidente que la propuesta de Sánchez Piñol es mucho más ambiciosa y que la risotada grosera y el antiheroísmo de su protagonista, Martín Zuviría, aspira a convertir en mito colectivo uno de los episodios con más ecos de la historia de Cataluña. Ya vendrá quien, mucho más preparado que yo, analice como es debido la Historia que da vida al libro. Yo, amigos, soy lector y, como acostumbro aquí, de lo que os hablaré es de mi experiencia lectora.
La progresión de Victus es peculiar. Desde un tramo inicial al filo de la comedia absurda la novela se oscurece y se vuelve épica a medida que se acerca a ese asedio final. El principio de la historia evoca la mirada singular del Sánchez Piñol procedente del género fantástico y su capacidad para dar vida a un mundo siempre al borde de la inverosimilitud. Tanto la formación como ingeniero de Zuviría, en tierras francesas y bajo un programa pedagógico surrealista que parece estar más indicado para entrenar espías y agentes secretos como el énfasis en las doctrinas misteriosas de un gremio amante de lenguajes secretos y de jerarquías ocultas, dan pie a una trama que saca partido de las convenciones de la literatura fantástica más cercana a la bildungsroman sin recurrir por completo a su imaginario. La extrañeza y el humor son dos de los principales ingredientes de la historia que relata, ya viejo, el propio Zuviría a través de la pluma de su “querida y horrenda Waltraud” y, a pesar del aprendizaje personal que experimenta a lo largo de la novela, si algo delata el impacto traumático que supuso 1714 para su protagonista es precisamente el intervalo de décadas que separa el final de la novela y la edad a la que se decide a explicar su vida, esa gran diferencia entre el joven cobarde e ingenioso que vivió la historia y el viejo cínico y cruel que la explica. El texto está sembrado de pistas que suscitan el deseo de leer las aventuras adultas de Zuviría o, al menos, de entrever algunos de los encuentros que menciona con personajes como Jonathan Swift, Isaac Newton o (el que más me gustaría) su odiado Voltaire. Quién pudiera leer esa larga elipsis para rellenar los huecos en la inquietante progresión de la paleta de emociones recogida en la novela, desde el sentido del humor más basto y primario hasta esta épica valerosa de las luchas desesperadas y, al final, la crueldad amarga de un viejo marcado por la historia. Y es que si el tramo inicial recuerda al Sánchez Piñol escritor de aventuras fantásticas, el acontecer de la historia, paralelo al de la Historia con mayúscula, transmuta el tono de la narración erosionando el humor página a página u ocultándolo entre líneas, hasta alcanzar un clímax que no por sabido y esperado resulta menos impactante.
Y, por encima de todo, Martín Zuviría; formado por uno de los principales ingenieros militares del siglo y con una percepción virtualmente sobrehumana de su entorno que, sin embargo, no le permite aprehender una verdad que busca y persigue pero que le elude, una vez tras otra, ante la mirada atónita de un lector que la ve con tanta claridad como todos los personajes que le rodean. Si hay una muralla que Martín debe superar sin trincheras o subterfugios es la que erige su absoluta falta de introspección, el último obstáculo para comprender la clave de la defensa de una plaza asediada. El testimonio de Martín de los años que llevaron a uno de los episodios cruciales de la historia de Catalunya se nos relata a través del prisma de su búsqueda personal, de la relación con sus dos grandes maestros y con su familia y el círculo de amistades y enemistades que le irá rodeando a lo largo de su periplo. Sabemos desde el primer párrafo de la novela la poca estima en que se tiene y el peso de la culpa que le corroe por lo que no debería sorprender la falta de confianza que inspira como narrador. Solo la lealtad que suscita entre los que le conocen y la fe absoluta en su criterio que muestras sus superiores y sus subordinados a pesar de su evidente falta de coraje (a pesar también de su juventud, un detalle que es fácil olvidar en el fragor de la lectura) llevan a pensar que, tal vez, Martín Zuviría es más de lo que parece y más, también, de lo que el mismo cree. Es posible, solo posible, que la gran verdad que persigue sin saber encontrar le haya encontrado a él sin que se diera cuenta.
Victus no es una novela perfecta (hay tan pocas). Su deseo de conseguir un ritmo trepidante la obliga a menudo a cortar por la tangente y resumir en pocas líneas episodios enteros como, por ejemplo, algunas de las escenas del asedio de Tortosa; en otras ocasiones, en cambio, la narración da un paso atrás y cede su lugar a la pura exposición histórica. Más importante, quizás, es la falta de naturalidad que aqueja a algunos de los diálogos, en los que el tono moderno que tan efectivo resulta en el resto del texto se anquilosa y se vuelve un tanto artificial. Sin embargo, ninguno de estos defectos llega a ensombrecer en ningún momento el logro de Sánchez Piñol con esta novela: revivir una derrota y hacer sentir orgullo (con una dosis considerable de tristeza) por la misma. Es difícil valorar el grado de influencia que ejerce el contexto del lector en el disfrute de este libro. Generalizar siempre es mentir o, quizás mejor, equivocarse. Aceptar una novela como verdad histórica es una empresa plagada de peligros, pero una lectura honesta es la que reconoce las emociones que un libro provoca en uno mismo. Las novelas pueden tener su propia verdad narrativa y se anclan en nuestro paisaje emocional de una manera que el conocimiento histórico raramente consigue. Esa es una de las numerosas virtudes de Victus, su capacidad para hacer vivir emociones que permiten imaginar, al menos, un 1714 que nunca antes había sentido vivo. Y si en mitad de la tristeza queda espacio para varias buenas risotadas, todo eso de más que queda en su haber.
Me declaro vencido por Victus.
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