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Jagannath: el abanico de la fantasía del norte

Este es uno de los pocos libros que he releído últimamente y le debo el empujón para la segunda lectura al próximo episodio de The Spoiler Club, en el que aprovecharemos la traducción al castellano de Nevsky Prospects para comentar este libro y ponerlo en relación con algunos autores de relatos en castellano como Cristina Fernández Cubas y Ángel Olgoso. Antes de eso quiero reseñarlo, en parte para ordenar mis ideas antes del programa.

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Iris, de Edmundo Paz Soldán: buena ciencia ficción indid

«Estaba parada sobre una fosa común. Todo Iris era una fosa común. El planeta entero una fosa común.»

iris

El pasado viernes tuve el privilegio de mantener una larga e interesante conversación telefónica con Edmundo Paz Soldán, autor (entre otras) de la novela de ciencia ficción Iris, publicada por Alfaguara. De esa conversación ha surgido una entrevista que tengo muchas ganas de compartir con vosotros, pero prefiero esperar hasta mañana y sacar antes la reseña. La novela me ha parecido fascinante, arriesgada y uno de los mejores títulos de ciencia ficción que he leído últimamente, en el idioma que sea.

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Presencia Humana Magazine #1: Raros relatos ricos

El relato, uno de los formatos más emblemáticos de la literatura fantástica, está de moda. Es muy difícil hacer una lista de las antologías, recopilaciones y publicaciones diversas dedicadas a la literatura fantástica breve aparecidas en nuestro país en los últimos meses y no dejarse alguna asi que, sin ánimo de ser exhaustivo, mencionaré solo iniciativas como el proyecto Terra Nova —permanezcan atentos a La Biblioteca de Ilium porque no tardaré en reseñar el segundo volumen—, el presuntamente —no busquen escepticismo, es que aún no lo he leído— magnífico Cuentos para Algernon: Año I, o la cada vez más larga y siempre excelente selección de títulos de Fata Libelli. Sin olvidar, por razones evidentes relacionadas con el propio ego, el curioso escaparate del imaginario de futuros autores que representa Visiones 2012. Hay para todos los gustos, ya lo ven, algo patente en la diversidad de las valoraciones de algunos de ellos aparecidas por ahí.

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Recordando a Iain Banks: The Player of Games

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Desde El Fantascopio, a propuesta de Leti de Fantástica Ficción, hemos iniciado una lectura compartida de los libros de Iain Banks con motivo de su fallecimiento el pasado junio. Así, desde ayer y hasta el día de navidad podréis leer las reseñas y artículos que le hemos dedicado al autor escocés y a sus libros, incluyendo muchas de sus novelas de La Cultura. Para mi, más que de recordatorio, esto ha sido un descubrimiento, pues The Player of Games (1988; El Jugador, 1992) es la primera novela de Banks que he tenido el placer de leer. Continue reading

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Reseña de Wool (Espejismo), de Hugh Howey: un ovillo apocalíptico

Hugh Howey (izquierda) y yo (derecha)

Hugh Howey (izquierda) y yo (derecha)

El pasado 24 de octubre tuvo lugar en Gigamesh, la popular librería de Barcelona, un encuentro a puerta cerrada entre Hugh Howey y una selección de medios online. Tuve la suerte de estar invitado al encuentro y de poder plantearle varias preguntas al autor de Wool/Espejismo. Un tipo interesante, igual que el encuentro. Quería hacer una crónica del evento, pero lo cierto es que después de la exhaustividad de Marc J. Piarnau en La Casa de El o la síntesis de Sergi Viciana en Fantifica no le veo demasiado sentido. Os recomiendo leer ambos artículos (y el de Jordi Benavente en Martorell Negre, en catalán) para saber cómo fue la cosa, pero yo me limitaré a reseñar el libro refiriéndome a la presentación en algún momento. Una de las preguntas que le planteé a Howey fue si pensaba que la piratería de libros electrónicos tenía el mismo impacto en un autor autoeditado que en un autor publicado en una editorial tradicional y su respuesta, en breve, fue que no, que el impacto era mucho menor. Me parece muy interesante su respuesta, pero Marc la ha explicado tan bien que me parece un poco absurdo repetirme. Os animo de verdad a leer su crónica. Al cuerno con ese dogma del SEO que recomienda no enviar a la gente a visitar otros blogs. Volved luego, eso sí, a acabar de leer la reseña. Le agradezco mucho a Minotauro y a Gigamesh su invitación a la presentación. Fue una charla realmente interesante y la compañía fue inmejorable, tanto durante la presentación como durante la ineludible cata de zumo de cebada que tuvo lugar a continuación.

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Reseña de Terra Nova vol.1: El primer paso de un futuro clásico

Terra Nova: antología de ciencia ficción contemporánea (Terra Nova, #1)

Para mi Terra Nova se había convertido en una asignatura pendiente. Me suscribí al proyecto cuando se anunció, hice mi donación, recibí el libro, me lo volví a comprar en formato digital para mayor comodidad y… pasaron los meses sin siquiera tocarlo. No es un retraso infrecuente. Como les pasa a muchos, la velocidad de incorporación de nuevos títulos a mi biblioteca personal es muy superior a la salida que puedo darles, pero en el caso de Terra Nova me molestaba especialmente por varios motivos. En primer lugar, es un proyecto que contaba con mi simpatía y mi apoyo a priori, independientemente de la calidad que me fuera a encontrar después. Además, no han dejado de aparecer reseña tras reseña que, con uno u otro matiz, daban a entender que el resultado estaba a la altura de las expectativas, cosa que no siempre sucede. En realidad sucede con frecuencia escasa. Finalmente, cuando ya se ha anunciado la aparición del segundo volumen y su tabla de contenidos (¡muy interesante!), esta vez bajo el paraguas de Fantascy, ha disparado mi sensación de estar a punto de ser arrollado por el proverbial toro y me ha llevado a cogerlo por los cuernos, leer el libro y ¡ahora sí! dar rienda suelta mi incontinencia verbal y explicaros, a vosotros y al mundo en general, qué me ha parecido. Y me ha parecido… Bien. Quiero decir realmente bien. Bien de corre y léelo.

Nunca tengo claro cuál es la mejor manera de encarar la reseña de una antología, especialmente cuando es de autores diversos y sin un tema claro como ésta o, dicho de otra forma, cuando tiene vocación de escaparate. El resultado tiene que ser necesariamente (o casi) desigual, por más que los altibajos puedan ser diferentes para cada lector, y de hecho ese es el principal reproche que le hago: el esfuerzo dedicado a tener un cuento para todos los gustos hace difícil que alguien pueda enamorarse de todos. Por otro lado, esa diversidad es consistente con la vocación escaparatil a la que me refería antes y los propios Luis Pestarini y Mariano Villarreal, responsables de la antología lo reconocen en su prólogo:

“[E]s arriesgado hablar de rasgos de la ciencia ficción como si estuviéramos ante un corpus homogéneo, pero al menos podemos afirmar que ese núcleo duro que tiene como virtud la especulación y la indagación sobre los cambios y sus consecuencias sobre el hombre, es el que otorga sentido a esta antología.”

Mostrar el abanico de la ciencia ficción contemporánea es, claro está, una misión imposible, pero loable en su inconsciencia. Y qué caramba, puede no resultar tan descabellado si Terra Nova se consolida como publicación periódica, como parece sugerir su reciente asociación con un sello como Fantascy. Es decir: reproche inicial anulado. Tabula rasa y seguimos con la reseña. Algún espoiler habrá.

Volar alto como Ícaro…

Para mí la antología incluye cuatro relatos magistrales: los de Ken LiuErick J. MotaJuanfran Jiménez e Ian Watson. Si tuviera que elegir uno por encima de los demás creo que me quedaría con el Recuerdos de un país zombi de Mota, aunque es posible que objetivamente no sea el mejor y le vea algún problema.

Ya había leído en inglés El zoo de papel, de Ken Liu, y ya entonces me pareció un cuento hermoso y bien ejecutado. Ahora, además, puedo elogiar la traducción de Claudia de la Bella y confirmar mi impresión del cuento. Una de las críticas negativas que más a menudo se leen acerca de los relatos de Liu se refiere a su carácter sensiblero. Es cierto, lo tienen otros cuentos y lo tiene El zoo de papel, pero es un tono al que le sabe sacar partido y no me parece una crítica seria. Lo que Liu hace lo hace muy bien y habría que saber diferenciar entre los gustos personales y su habilidad como narrador. La evolución de la relación entre un hijo y su madre, con sus altibajos, es algo con lo que muchos podemos empatizar. Liu tiene la gracia de llenar la infancia de magia (literalmente) y hacer que el chaval renuncie a apreciarla para no sentirse diferente en una reacción totalmente verosímil, como verosímiles son su crueldad adolescente y su arrepentimiento posterior. Muy buen cuento, hermoso, y una buena muestra de cómo los recursos del género fantástico pueden servir para explorar la realidad de nuestras vidas.

Hace un tiempo, hablando con Cris de Más Ficción que Ciencia acerca de Cuerpos de Juanfran Jiménez, me dijo que le recordaba al Trueque mental de Robert Sheckley. Ambos comparten la premisa del cambio de cuerpo, pero mi sensación es que la intención de los dos textos es muy diferente. Donde Sheckley buscaba la sátira y la desintegración de la linealidad de la narración a golpe de surrealismos, Jiménez plantea una historia de acción casi hollywoodiense llena de humor y muy eficaz. No es un relato demasiado serio… pero maldita la falta que le hace. Divierte. Un día sin papá, de Ian Watson, es lo contrario: un relato sutil, intimista y delicado que presta tanta atención a lo que explica como a lo que calla. Toca un tema, el de la vejez y el futuro que nos depara, que me inquieta sobremanera y le da un tratamiento original e imaginativo que no desentonaría en un capítulo de Black Mirror, aunque la serie busque un efecto más provocador. A juzgar por otras reseñas que he leído no es uno de los relatos más apreciados del volumen… y ahora mismo estoy tensando las riendas de mi arrogancia para no decir que eso es porque no se ha leído bien. De los relatos que he mencionado hasta ahora es el que más me gustaría haber escrito.

Vamos con Recuerdos de un país zombi, el original relato Z del cubano Erick J. Mota que ha provocado reacciones tan encontradas entre los lectores. He ido leyendo las reseñas que he ido encontrando del libro, además de hablar de él con varios amigos con los que comparto afición, y a priori me parecían más convincentes los argumentos a favor del relato que los contrarios. A posteriori también, mira tú. En manos de Mota la suma de su acento cubano con la mezcla de crítica social, historia de zombis e invasión de los ultracuerpos produce un resultado mayor que la suma de sus partes que no puede atribuirse solo al exotismo. Además de ser tremendamente divertido y sugerente, el autor le da una energía a su historia que compensa las irregularidades gramaticales (¡esos tiempos verbales incongruentes!) y lo chapucero del innecesario infodump hacia el final del libro. Si se supera, Erick J. Mota puede convertirse en uno de los autores revelación del fantástico en español. Si no, habrá escrito un relato destinado (apostaría por ello) a convertirse en uno de los clásicos del género en nuestro idioma. El Ojos de cesio suyo que estoy leyendo ahora no me hace pensar que la promesa lleve camino de convertirse en realidad, pero el material sigue estando allí. Si alguien lo editara mejor…

Un lento descenso a los infiernos

Con esta historia comienza el declive en cuatro pasos de la antología, pero el nivel sigue siendo perfectamente aceptable. En El ciclo de vida de los objetos de SoftwareTed Chiang mantiene el estilo frío y analítico que tan apreciado fue (no tanto por mí) en Stories of Your Life and Others pero no le sirve para mantener el pulso de la narración en el conjunto de esta novela breve. Propone un tema interesante y a nivel intelectual su lectura es estimulante pero le falta algún ingrediente que la haga memorable. Es una historia que ya había leído cuando se publicó en inglés en 2010 y ya entonces me pareció un tanto fallida, aunque para nada estoy diciendo que sea un mal relato. A falta de leer su último cuento, The Truth of Fact, the Truth of Feeling, me parece que Chiang tiene buenas ideas pero que como escritor es pobre. No demuestra tener recursos para sostener una historia más allá de la extensión de un relato breve. Venga, soltad los perros de la guerra.

Más problemático me resulta Memoria, de la argentina Teresa P. Mira de Echevarría. Parte de un premisa interesante, un entorno a medio camino entre Crónicas marcianas de Bradbury y Avatar de James Cameron con un carácter decididamente de romance científico, pero el desarrollo de la historia y el tono empalagoso de su prosa no me ha convencido. No me gusta su paleta emocional. Al igual que me ha pasado, ya veréis, con Deirdre de Lola Robles, aquí interviene un tema de preferencias personales por estilos narrativos concretos que no es culpa de la autora, pero en cualquier caso Memoria, para mí, es uno de los puntos bajos de la antología. Es una pena, porque me encanta ese Marte como puesto colono fronterizo y muchas de las ideas que forman parte del relato están bien tratadas. Sirvan de ejemplo la marginación de los “nativos” (humanos modificados genéticamente para terraformar Marte) una vez completada su tarea o la concepción de la visión profética como un futuro a enfocar a través de las propias acciones.

Con el Deirdre de Lola Robles me pasa algo parecido: su paleta emocional no es para mí, pero es que además renuncia a toda profundidad y convierte su texto en un sermón, tanto peor por cuanto el planteamiento no es nada original. Robles no tiene la culpa de que a mí me guste que los relatos tengan subtextos pero, como en el relato anterior, es lo que hay. Por lo demás, la autora tiene una prosa bonita pero con un punto de afectacción en el que no entro.

Y llegamos a Victor Conde y su Enciende una vela solitaria. Mi primer Conde. ¿Mi último Conde? Probablemente, aunque hay quien medio me ha convencido de darle una segunda oportunidad. Este relato es malo. Malo con avaricia. Malo de hacer sangrar el alma que lo ha absorbido, arrancarse los ojos que lo han leído y cortarse las manos que han tocado sus páginas. Saltarse este cuento solo puede hacer que la antología mejore. Queridos editores, ¿en qué estaban pensando? No, en serio, ¿en qué? De acuerdo que tiene escenas que funcionan a un nivel puramente visual, pero… ¿”profunda crítica a las redes sociales”? —introducción dixit— Para nada: ni es profunda ni puede ser crítica de puro absurdo. Terrible, de verdad.

Reflexión final

Que una antología tenga altibajos es de esperar, especialmente cuando son de material inédito. Eso no es óbice para que el nivel medio de Terra Nova sea francamente elevado. Después de leerla cada cual tiene su póquer de ases y su selección de relatos con los que no conecta, pero que estos sean diferentes para cada uno refleja la habilidad de los editores para elegir obras representativas para distintos lectores. Menos el de Conde, el de Conde es mal. La idea de combinar autores hispanos de dentro y fuera de España y combinarlos con obras internacionales contemporáneas de actualidad me parece brillante y convierte Terra Nova en una publicación imprescindible para cualquiera interesado en el género fantástico.

Terra Nova empezó como una iniciativa que pudo hacerse realidad gracias al respaldo de muchos lectores que nos sumamos al proyecto antes de ver una sola página. Su voluntad declarada siempre fue la de convertirse en una publicación periódica capaz de ser autosuficiente y no puedo interpretar su adhesión a un sello como Fantascy más que de forma positiva. Quiero aprovechar esta reseña para felicitar a Mariano Villarreal y a Luis Pestarini por el trabajo que han realizado y por el que van a poder seguir realizando. Me muero de ganas de leer el segundo volumen.

P.D. En otra línea de cosas, leyendo el libro me dio el gusanillo de investigar un poco sobre la historia de las antologías en la literatura fantástica y, después de preguntar a quién sabe más que yo, acabé escribiendo este artículo sobre el tema. No puedo dejar de enlazarlo, aunque sea un poco con calzador 😉

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Reseña de El Rey Trasgo, de Alberto Morán Roa

La portada de Barb Hernández, nominada a los Ignotus 2013.

La portada de Barb Hernández, nominada a los Ignotus 2013.

Ya hace varios meses que El Rey Trasgo me mira desde la estantería del despacho. He tardado en ponerme con él a pesar de las muchas ganas que le tenía, en parte por reseñas como esta de Alexánder Páez en Donde Termina el Infinito o la de Sergio Llamas en El Rincón de Koreander. Es uno de los libros de género fantástico español del año pasado que más quería leer, aunque al final mi experiencia lectora ha sido un tanto agridulce. No obstante, y a pesar de los peros que le pondré a la novela de Alberto Morán Roa a lo largo de la reseña, mi tendencia es ver el vaso medio lleno. Quiero pensar, eso sí, que esto no es lo mejor que puede dar la fantasía en nuestro país. Si lo fuera el género estaría condenado.

Una advertencia a cualquier lector de esta reseña: la compuerta de los espoilers está abierta en toda su amplitud. No voy a dedicar ningún esfuerzo (normalmente sí lo hago) a ocultar detalles de la trama. Lo he intentado y he visto que eso me impide hablar de las cosas que me reconcomen desde que leí el libro y decidí que quería reseñarlo. No sufráis todavía: si sois spoilerfóbicos (hola Leemaslibros) podéis seguir leyendo este párrafo. Cual estudiante de periodismo que acaba de descubrir la pirámide invertida comenzaré por la conclusión: Le recomiendo el libro a todo aficionado al género, especialmente a su vertiente más fantástica, y tendría más reservas con públicos más amplios. El punto fuerte del libro es su argumento. Si eso es lo que buscáis en una novela no váis a tener problemas, argumento hay para repartir y que sobre, y además es interesante, imaginativo en su mayor parte y emocionante, con la dosis de coitus interruptus que este tipo de historias seriadas acostumbran a tener. Los problemas del libro están en su estructura (descompensada), en su prosa (amanerada) y en cierto apresuramiento molesto en algunas partes del texto. No pretendo parecer elitista: es mejor novela que la que yo escribiría y una primera novela mejor que muchas de autores apreciados con varias a sus espaldas. Lo que me pasa, creo, es que me parece que Morán Roa puede dar mucho más de así. Lo creo de verdad, en El Rey Trasgo están todas las señas de que tiene madera de escritor, pero aún le falta camino por recorrer. Como debe ser, por otra parte.

Ahora vamos a por los spoilers prometidos.

El inicio y la estructura

La novela arranca con un brillante falso inicio que en dos páginas hace más por construir un personaje que el resto del libro entero, un artificio en el que uno de los protagonistas de la novela lee una novela de fantasía dentro de la novela de fantasía sin que el lector lo sepa. Eso, por cierto, queda claro a lo largo del libro: a Alberto Morán Roa le gusta la metaficción. El tono de parodia de esta introducción es excelente, tanto que es imposible no sentir pavor ante la perspectiva de leer todo un libro así: no me pude resistir a grabar un ejemplo. Sed compasivos, por favor.

A partir de aquí la novela continúa con varios cambios de registro que alcanzan resultados dispares. La historia se explica a través de varias líneas argumentales prácticamente independientes, conectadas solo por la figura del Rey Trasgo, una especie de duende con esteroides que reina sobre el resto de su raza en la montaña. El problema con esta estructura es que no todas las historias son igual de interesantes y el resultado final cojea. La relación  entre las cronologías, entre los tempos, se me antojó confusa hasta bien avanzada la novela, cuando los acontecimientos despejan toda duda, y creo que algo tan sencillo como incluir algún tipo de fecha al principio de cada capítulo lo hubiera dejado todo más claro . Así, la novela alterna entre las historias de Kaelan y la Ciudadela; la historia del erudito Tobías, el viejo Helmont y el misterioso Mirias; y la historia de unos viajeros perdidos en el laberinto de cuevas en el interior de la montaña de los trasgos, explicada mediante un diario viejo encontrado y leído por Tobías. No sé como se ha escrito el libro, si de forma más o menos lineal o a partir de una de las historias y construyendo el resto alrededor, pero si tuviera que apostar me inclinaría por la segunda opción, porque las virtudes y los problemas de cada una de ellas son muy diferentes. Aunque me voy a referir a cada parte como un bloque independiente el libro salta de una a otra.

La Ciudadela: un USS Enterprise de fantasía

La Ciudadela. Magníficamente pintada por Óscar Pérez.

La Ciudadela. Magníficamente pintada por Óscar Pérez.

La Ciudadela es la mejor idea de toda la novela y la que tiene más potencial, por más que no lo alcance del todo. La Ciudadela (magníficamente ilustrada en la imagen que acompaña estas líneas, sacada de la web del autor) es una gran roca flotante habilitada como instrumento de guerra y dotada de un puente de mando digno del Enterprise de Star Trek (!), una especie de islote volador de origen misterioso (hasta que el libro lo aclara) convertido en arma de destrucción masiva por una coalición de naciones enfrentadas a Kara, un imperio rival más poderoso que las amenaza. El conflicto con Kara es poco más que un pretexto que se resuelve rápidamente y la novela pasa a centrarse en algo mucho más interesante: las tensiones entre las naciones al mando de La Ciudadela. Mientras unas pretenden usarla como elemento disuasorio para mantener la paz, otras desean convertirla en arma de guerra para erigirse en la nación más poderosa del mundo. Esto da pie a una serie de intrigas y conspiraciones que conoceremos a través de los ojos de Kaelan, a quien conocimos leyendo un libro de fantasía, un capitán que a lo largo de los meses progresará en su carrera militar hasta convertirse en uno de los tres comandantes de la roca.

Kaelan es un personaje carismático (nos dicen más que nos muestran) con el que no resulta difícil simpatizar, pero sin una contrapartida igualmente atractiva entre sus rivales. Lo mejor de esta parte es el entorno y el sentido de la maravilla, aunque esté desperdiciado por razones a las que me referiré en un momento. Lo más interesante es que trate un tema más propio de la ciencia ficción que de la fantasía (y que nadie dude en corregirme si lo cree menester): Las armas de destrucción masiva y sus implicaciones reales y éticas. Es algo en lo que no había pensado nunca antes, pero la fantasía épica parece un género especialmente adecuado para hablar de él. En El Rey Trasgo se nos muestran más las intrigas políticas que las consecuencias del uso de la Ciudadela, y su destrucción me lleva a pensar que en la segunda novela no se profundizará mucho más en el tema, pero me gustaría ver cuales son sus consecuencias. Y aunque he tenido que pensarlo un poco, también me gusta la transformación de Kaelan en el héroe (o uno de ellos) del segundo libro, especialmente por los elementos de worldbuilding que contiene en pocas páginas sobre la parte sobrenatural del mundo. Incluso le perdono el Deus Ex Machina.

Mi principal reproche a los capítulos de la Ciudadela es el apresuramiento con el que están narrados, prácticamente de batalla en batalla y sin prestar atención al entorno general. Así renuncia a buena parte del sentido de la maravilla (o del horror) que podría conseguir y, de hecho, algunas de las mejores escenas de estas secciones son las que se explican desde puntos de vista externos: los soldados del ejército karense viendo como la Ciudadela se acerca a ellos con su carga de muerte inescapable, o los ciudadanos de Thorar al darse cuenta de la amenaza que pende sobre sus cabezas. Otras escenas, como el encuentro entre Kaelan y el cirujano responsable de injertarle un brazo mecánico, funcionan mal por culpa de una falta de trabajo previo que prepare el terreno para la relación entre ambos, y cosas similares pueden decirse de encuentros similares. En general, en esta sección la prosa de Morán Roa peca de afectada y, para mi gusto, fuerza demasiado el estilo en busca de un tono épico al que le falta algún ajuste para funcionar de verdad.

El erudito Tobías, el librero Helmont, Mirias el misterioso y la música del azar

Esta es la segunda parte del libro y la que menos me gusta. Es la más problemática, la menos interesante y lamento no poder decir mucho bueno de ella. A ver, pasemos rápido el mal trago: es aburrida, los personajes son esquemáticos y tiene más casualidades que hojas en el suelo de un robledal en lo más crujiente del crujiente otoño. Más que una subtrama parece una excusa para tener a una serie de personajillos a punto para el segundo libro, pero en el actual no sirve más que de marco para la tercera (y la mejor) de las subtramas, narrada en el diario de viaje descubierto por Tobías, por CASUALIDAD, en la librería de su amigo Helmont. También sirve para esconder primero y revelar después un personaje que no hace nada durante la mayor parte de la historia pero al que solo le falta un letrero luminoso (parpadeante) que diga “¡ESTE TÍO ES IMPORTANTE!”. Se trata de Mirias, un nigromante encerrado en si mismo que NUNCA duerme y NUNCA habla y que vive bajo el techo de Helmont, que le dio cobijo años atrás. Más tarde descubrimeros que fue Mirias quien creó al Rey Trasgo, que a su vez creó La Ciudadela como herramienta que le permitiera dominar el mundo. ¿Os he dicho que la desaparición de la mujer de Tobías parece ser similar a la desventura narrada en el diario? Casualidad.

El comportamiento de los personajes también es un poco forzado. El diario es lo mejor de El Rey Trasgo, pero no puedo decir lo mismo de su descubrimiento o, al menos, de la reacción de Tobías al leer el primer párrafo del mismo:

No pudo seguir leyendo. Estaba perplejo, confundido y asustado. ¿Qué era aquello? Retrocedió unas cuantas páginas.

«Octavo día del mes de Luya.» 

Tobías reaccionó con genuina sorpresa, que se mezcló con el miedo que bullía en su interior. Aquel libro era un diario.

Que sí, que es un diario y que lo que explica puede ser bestia, pero el tal Tobías es un incontinente emocional que ni siquiera se plantea que el diario pueda ser falso, y así se mantiene durante el resto del libro. O sea: poco creíble. La cosa parece mejorar cuando Tobías trata de seguir el camino descrito en el diario en busca del destino de su mujer… pero luego se reactiva Mirias y todo se va al carajo, para bien y para mal.

Los capítulos de esta subtrama me parecen poco trabajados en todos sus niveles. Por suerte está el diario.

Un viaje lleno de desgracias y el Rey Trasgo

Kaelan, un tío que cae bien y que se va a enfadar mucho.

Kaelan, un tío que cae bien y que se va a enfadar mucho.

El diario que tanto impresiona a Tobías contiene un relato de terror estupendo con su principio, su desarrollo y su final. Explica la historia de un grupo de viajeros perdidos en el interior de una montaña que descienden por las grutas de los trasgos y se enfrentan a la locura a medida que se van quedando sin provisiones y los pequeños monstruos dan cuenta de ellos. Es una ficción dentro de la ficción y Morán Roa ha dado, aquí sí, con el tono perfecto. La narración funciona, la atmósfera es opresiva y los personajes se comportan de forma lógica. Es más, la progresión de la historia desde el inicio del viaje hasta llegar a las grutas es impecable y el estilo de Morán Roa fluye de forma natural y controlada, sin esa sensación de esfuerzo excesivo por impresionar con el dominio del lenguaje que afecta al resto del libro. Y da miedo, que es de lo que se trata. La única crítica que le puedo hacer a esta parte del libro es que requiere cierto esfuerzo de suspensión de la incredulidad para aceptar el artificio del diario (¿cómo conserva su autor la sangre fría para conservarlo?), pero no es grave.

A través de esta historia conoceremos a los trasgos y a su rey, el especial personaje que da título a la saga. Dotado de un gran poder mágico y una inteligencia muy superior a la de sus súbditos, el Rey Trasgo espera en la cima de la montaña a que los humanos acarreen su propia desgracia usando La Ciudadela que él creó. Al final del libro, claro, se sale con la suya y el mundo queda marcado por una enorme cicatriz y preparado ser invadido por una plaga de trasgos (de los cutres, de los tontos). El Rey Trasgo es puro anime. Su personalidad histriónica, su explosión de poder al final del libro, todo lo que sabemos de él… me resulta imposible no imaginarlo dibujado por Akira Toriyama o salido de un manga guardado justo al lado de los de Full Metal Alchemist, otro tebeo japonés que resuena en algunos aspectos de la novela. Es  un personaje divertido y caracterizado con un mimo evidente, aunque su integración con el resto de la novela es precaria y, hasta que desencadena el apocalipsis, es poco más que un recordatorio ominoso de un terrible (y poco claro) destino que aguarda al mundo. No cabe duda de que su importancia será mayor en la siguiente entrega. De momento es poco más que una promesa, pero no lo digo como crítica negativa sino como descripción de su papel. Más allá de disfrutar del personaje me cuesta valorarlo más hasta que no haya leído más de la saga.

El libro en movimiento y su director de orquesta

Como para no tenerle miedo...

Morán Roa. Como para no tenerle miedo…

Para mí, el principal problema del libro es que el todo no es mayor que la suma de sus partes. Tampoco es menor, ojo, pero el conjunto no funciona como un todo orgánico. Es una novela llena de buenas ideas y con escenas y pasajes concretos fenomenales, que consigue cerrar las tramas principales anticipando lo justo para dejar al lector con ganas de más, pero su ejecución es desigual y se le ven las costuras. Tal vez sea un libro demasiado ambicioso, no lo sé, pero el caso es que se le ven demasiado las costuras. Me encantaría saber cual ha sido el proceso de escritura, porque mi sensación es que ha sido escrito por capas y que no todas están igual de trabajadas. Ya digo, eso no es más que una impresión. Es probable que esté equivocado.

Lo cierto es que siento una gran curiosidad por ver si Morán Roa va un poco más allá en la segunda entrega, que leeré con ganas tanto por esta curiosidad como por las puras ganas de saber como sigue la historia (y esto en si mismo ya es un triunfo de El Rey Trasgo). Es un autor al que seguiré. Creo que tiene ante sí un camino ascendente. Tiene que encontrar su voz de verdad, la que suene natural, pero es evidente que tiene voluntad de estilo y, hasta donde yo puedo juzgar, madera de escritor.

Además parece un Highlander, así que si me lo vuelvo a encontrar por la calle huiré como la cobarde sabandija que soy, no fuera a ser que hubiera leído esta reseña y tuviera su espada a mano. 

PD. Esta lectura ha formado parte de la lectura conjunta organizada en el blog El Sueño del Dragón.

Barb Hernández

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Reseña de Prospectivas, Antología del Cuento de Ciencia Ficción Española Actual

Prospectivas

Uno de objetivos lectores que me planteé para 2013 fue prestarle más atención a la literatura fantástica escrita originalmente en español. Empecé a leer en inglés para (a) mejorar mi nivel del mismo, (b) ahorrar (mucho) dinero y (c) estar más al día de las novedades y… al final me acostumbré tanto que ahora tiendo a huir de traducciones  —Pido disculpas a mis amigos traductores: No son ellos, soy yo— y he acabado sabiendo muy poco de lo que se escribe en español, ya sea desde España o desde Latinoamérica. Tengo algo más claro lo que se escribe en catalán, pero eso me resulta menos difícil porque la cantidad de novedades es más reducida. En resumen, que me parece una situación un poco perversa y —a pesar de los quebraderos de cabeza que me provoca la gestión de mi Pila de libros pendientes— decidí ponerle remedio. Un poco.

Y así llegué a Perturbaciones y a Prospectivas, los volúmenes que Salto de Página ha dedicado a los relatos de literatura fantástica y ciencia ficción, respectivamente, escrita en nuestro país (También han publicado Aquelarre, un volumen similar dedicado al relato de terror). Salto de Página tuvo a bien enviarme los dos primeros volúmenes y, leído Prospectivas y a falta de hacer lo mismo con Perturbaciones, me apetece mucho hacer una pequeña valoración que ya acumula un retraso mucho mayor de lo que me hubiera gustado. Vamos con Prospectivas, pues. Prescindiré del suspense y adelantaré que me ha dejado un regusto un tanto agridulce.

La introducción de Prospectivas

Prospectivas recoge una selección de dieciocho relatos presentados sin orden cronológico, con un prólogo de Fernando Ángel Moreno y una pequeña introducción para cada relato. Con la excepción de dos de ellos, inéditos hasta su aparición en el presente volumen, todos ellos habían sido publicados anteriormente entre 1981 y 2012 y existe un curioso hiato temporal entre el cuento más antiguo (Mein Führer, de Rafa Marín, publicado en 1981) y el siguiente (La Carretera, de Rodolfo Martínez publicado en en 1990) —¿qué le paso a la ciencia ficción española en esos nueve años? ¿Hay una generación perdida?—. Las 432 páginas del libro contienen relatos de autores que le resultarán familiares a cualquier lector que haya tenido al menos medio ojo puesto en la evolución del género en nuestro país, como César Mallorquí, Elia Barceló, León Arsenal, Rafa Marín, Juan Miguel Aguilera, Rodolfo Martínez, Eduardo Vaquerizo, Julián Díez, Santiago Eximeno… y otros que a mí (ya he mencionado mi falta de conocimiento de la actualidad del género en nuestro país, ¿verdad? Pues sirva como disculpa para cualquier susceptibilidad herida) me resultan menos familiares, como Manuel Vilas, Daniel Mares, Joaquín Revuelta, Juan Antonio Fernández Madrigal, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Carlos Pavón, Roberto Bartual, Matías Candeira y José Ramón Vázquez. Sangre vieja y sangre nueva en una combinación interesante que se refleja en la enorme variedad de estilo y de temas que recogen los relatos seleccionados. En mi repaso al contenido del libro agruparé las narraciones en torno a una serie de características, pero ni son las únicas posibles, ni son excluyentes entre sí, ni creo que puedan contener la totalidad de la antología.

Fernando Ángel Moreno se refiere, en el prólogo, a siete elementos muy característicos de la ciencia ficción española, especialmente durante sus primeros años. Estos elementos, que me limitaré a mencionar, son: (1) la falta de personajes femeninos, (2) la ausencia de robots y extraterrestres, (3) el uso del humor como recurso, (4) la presencia de subtextos subversivos, (5) la falta de interés por las utopías, (6) el uso de referentes literarios clásicos y de recursos metaliterarios y (7) una obsesión con lo espiritual o religioso. Después de una primera lectura de la antología cabe hacerle una crítica menor —que el mismo prólogo reconoce de forma implícita— a una propuesta que parece reflejar con mayor acierto la evolución de la novela de ciencia ficción en español que la del relato. Aunque sí es posible detectar la presencia de algunos de estos elementos en varios de los relatos seleccionados, especialmente del humor y del espíritu subversivo. Otras características, como la falta de personajes femeninos o la ausencia de determinadas formas del género, me parecen más circunstanciales y, en cualquier caso, parecen estar cambiando en estos últimos años (lo cual, sobra decirlo, no le resta ningún valor a la propuesta de Fernando Ángel Moreno, interesada en resumir la historia del género y no su presente).

El prólogo es (demasiado) breve pero informativo y apunta la historia general del género en nuestro país, desde un inicio a finales del franquismo después del impacto que supuso leer, por traducidos por primera vez, a autores como Ursula K. Le Guin, Ray Bradbury o Robert Heinlein. Lo más sugerente del prólogo es su descripción del nacimiento humilde de la ciencia ficción en los arrabales de los bolsilibros y su posterior despliegue, durante la transición, con la llegada de las fotocopiadoras y la popularización de los fanzines, convertido en eclosión exhuberante con el advenimiento de internet y la facilidad de acceso, finalmente, a la totalidad del género. Como pasa siempre en este tipo de textos deja con ganas de más y es de agradecer la presencia de la bibliografía recomendada por Fernando Ángel en las notas a pie de página. Tal vez, por meterme en camisa de once varas, deje de lado un fenómeno que intuyo al que me referiré en la sección final de la reseña: la aparición, recientemente, de un grupo de autores que no proceden del fándom más “tradicional” o histórico, desconectado de sus tradiciones y de sus medios habituales. Probablemente sería exagerado hablar de un “segundo nacimiento” de la ciencia ficción, pero… el concepto me tienta. Aclaro que me refiero al prólogo y que la selección de relatos sí refleja este cambio. Aclaro, también, que no me refiero solo a la nueva generación de “extraños” a los que se ha referido Javier Calvo recientemente, sino también a autores con planteamientos más próximos a la ciencia ficción tradicional, como Miguel Santander o Cristina Jurado. Más allá de ejemplos más o menos acertados, lo que me llama la atención es la existencia de esta desconexión en la historia del género.

Impresiones de los relatos y características comunes

El volumen comienza con El Rebaño (1993), de César Mallorquí, para muchos el mejor cuento de ciencia ficción jamás escrito en castellano y uno de los mejores de la ciencia ficción. TODA la ciencia ficción… Ahí es nada… Leído con eso en mente ni el relato ni la prosa de Mallorquí están (no pueden estar) a la altura de las expectativas y no puede hacer más que defraudar, pero lo cierto es que se trata de un cuento potente con un párrafo final de impacto. El texto funcionaría mejor si el autor no hubiera cedido a la tentación de la antropomorfización y se acerca peligrosamente a la sensiblería con un tono de fábula moralizante que le resta parte de su frescura, pero no puede ser el mejor cuento de la ciencia ficción española cuando, para mí, ni siquiera es el mejor del volumen. Lo que me interesa destacar es el componente didáctico, o moralizante, del relato, uno de los ingredientes principales de otros relatos de la colección. No puedo dejar de pensar en Tren (2009), el intenso relato en el que Julián Díez recurre a los viajes en el tiempo y al atentado de Atocha en 2004 para reflexionar sobre el valor de la vida y el rol (¿carroñero?) de los medios de comunicación. El cuento es memorable porque Díez da con el tono, y el protagonista, perfectos y es capaz de conseguir varios niveles de lectura que van más allá de su intención moral. Lo mismo puede decirse de La Brigada Diógenes (2009), una distopía descorazonadora, descendiente directa del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, que habla del rechazo de la sociedad a la vejez y se lee con creciente angustia. Es lo primero que leo de Muñoz Rengel y me ha parecido tremendo, uno de los puntos álgidos de la antología. El último de los relatos “moralizantes”, para mí, es el Últimas Páginas de una Autobiografía (2005) de Roberto Bartual, un cuento magnífico que puede aguantar mal el paso del tiempo por su estrecha vinculación a la producción artística de un período determinado. Se trata de una magnífica ucronía sobre la importancia del arte, la mierda del concepto de patria y el porqué hay que perseguir los sueños.

Otro de los elementos comunes de varios de los relatos de la antología es el sentido del humor, una de las siete características mencionadas en el prólogo. Está en el Mein Führer de Rafa Marín (1981), un cuento de viajes en el tiempo tremendamente divertido, con un gran control del estilo y al que solo puedo reprocharle que sabe a poco. Aparece de nuevo en La Carretera de Rodolfo Martínez (1990), un muy buen cuento que contiene fragmentos magníficos a pesar de ser algo irregular en su desarrollo y en su prosa; también en la ironía de Daniel Mares en Enseñando A Un Marciano (1995), una genial comedia estupenda que, inevitablemente, recuerda al Sin Noticias de Gurb de Eduardo Mendoza (por si a alguien le queda alguna duda: eso era un cumplido). De hecho, diría que la carga irónica de los relatos aumenta a medida que estos son más actuales y es el elemento principal de Arcan (2011), de Manuel Vilas, una gamberrada surrealista que tanto puede generar rechazo como seducir (es mi caso). Si es ciencia ficción lo es a duras penas, pero me he divertido tanto leyéndolo que no voy a ponerme muy pesado con ello.

También hay un grupo de cuentos que agruparía por su voluntad de evocar atmósferas o explorar  sentimientos concretos, más allá de tramas concretas. Entre ellos destaca un relato turbador de tranquila tristeza, Días de Otoño (2005) de Santiago Eximeno, sobre un señor que se aferra con todas sus fuerzas a su esperanza de un futuro mejor. Eximeno ha sido, quizás, uno de mis principales descubrimientos personales en la antología y un autor al que, sin duda, seguiré explorando. Otro de los autores que quiero conocer mejor es Matías Candeira, autor de un cuento brillante de resonancias kafkianas evidentes, El Extraño (2011). En el centro de este relato se encuentra el conflicto entre lo que queremos ser y lo que esperan los demás de nosotros, y Candeira trata el tema  —acercándose más a la fantasía que a la ciencia ficcion— con delicadeza en un cuento en el que la monstruosidad y la humanidad intercambian su lugar. Menos interesante me parece el planteamiento de Carlos Pavón en Poetik GmbH (1998), que saca buen partido de los recursos de la ciencia ficción hard en un estudio del resentimiento que flaquea a nivel narrativo. El último relato que incluyo en este grupo es Todo lo que un Hombre Puede Imaginar (2005), el homenaje de Juan Miguel Aguilera a un tipo de ciencia ficción optimista que persigue el sentido de la maravilla. Es un relato desigual que funciona mejor en su mitad “terrenal”, con una deliciosa atmósfera nostálgica de tintes victorianos, que en su parte fantástica. Vuela demasiado alto y no tiene aire que lo sustente, pero es difícil resistirse a su encanto.

El ingrediente principal de otro conjunto de relatos es su voluntad de estilo. No estoy sugiriendo que el estilo no sea un elemento importante del resto de textos, sino que en los de estos grupos el autor se propone escribir de una manera determinada y conseguir que el lector sea muy consciente de ello. Es el caso de relatos como Arcan (2011) de Manuel Vilas (sí, ya sé, ya he hablado de él), y de Patrick Hannahan y las Guerras Secretas (2012) de Eduardo Vaquerizo. Este último pertenece al subgénero de las historias secretas y Vaquerizo se alza triunfador con una historia que me recuerda a lo mejor de Neal Stephenson y de Greg Egan, que no es poco. En otros casos la voluntad de estilo se refleja más en su carácter imitativa, como sucede con Dragones en el centro (2003) de Joaquín Revuelta y Neo Tokio Blues (2012) de José Ramón Vázquez.  La propuesta de Joaquín Revuelta es una historia de viajes en el tiempo muy original que me ha seducido… y bien pueden ser imaginaciones mías… por su componente paródico. Me voy a permitir el lujo de enviar al incauto lector de esta entrada de excursión a la blogosfera: leed esto. ¿Ya? ¿Os habéis quedado con la frase “cansa leer tantos libros que parecen malas traducciones de libros en un mal inglés”? Es una afirmación con la simpatizo profundamente (“antipatizo” sería más exacto). Pues bien, pondría la mano en el fuego (figurativamente, no vayamos a tener una desgracia) en que Revuelta ha escrito su relato para que parezca una mala traducción de un libro en inglés, y lo hace con tanta deliberación y tanto estilo que le da la vuelta y su cuento… ¡Acaba siendo bueno!. Ahora, claro, si Joaquín Revuelta (a quien no tengo el gusto de conocer) me escribe un comentario y me dice que eso no es así y que malditas sean mis muelas no me quedará más remedio que tragarme mis palabras y decirme a mi mismo aquello de “nobody likes a smartass”. Asumo el riesgo. Neo Tokio Blues también es un homenaje, pero esta vez a los referentes estéticos y narrativos del anime japonés. Es puro argumento y funciona perfectamente, muy divertido.

Quedan por mencionar tres relatos de la antología que me cuesta relacionar entre sí o con los que ya he tratado. Uno de ellos es Besos de Alacrán (1994) de León Arsenal, un buen cuento al que tal vez se le pueda reprochar el tono algo distante que le impone al lector y, finalmente, los dos relatos que más me han decepcionado de todo el volumen: La Estrella (1991) de Elia Barceló, y El Olor Profundo de la Tierra (2004) de Juan Antonio Fernández Madrigal. He oído hablar mucho de Elia Barceló como uno de los mejores valores del género en español y ponerlo en duda porque no me ha gustado un relato estaría fuera de lugar, pero la verdad es que La Estrella mí no va más allá de una historia superficialmente bonita pero vacua. No he conectado con él y no tengo nada bueno que decir sobre él. El caso de El Olor Profundo de la Tierra es más complejo. Se trata de un relato lleno de buenas ideas que sugiere un mundo complejo y atractivo con solo dos pinceladas, pero despilfarra todo su potencial en una historia apresurada y distante que no proporciona ninguna gratificación para el lector. Fernández Madrigal no permite que su historia se despliegue y su texto se parece más al resumen de una novela que a un relato.

Conclusión, enlaces y dudas personales

Sin duda he disfrutado con esta antología. Me ha parecido un buena primera toma de contacto con la ciencia ficción que se escribe en España por más que el nivel de los relatos es desigual y esperaba un nivel global más elevado. Me ha costado plantear esta reseña e incluso ahora, a punto de darla por buena, me aquejan dudas sobre las opiniones que vierto en ella y sobre mi capacidad para valorarla como se merece. Como ya he mencionado forma parte de un propósito personal de hacerme una idea aceptable de lo que se escribe en el género en nuestro idioma (más allá de nacionalidades) y, por ello, agradeceré cualquier contribución vuestra en los comentarios o cualquier crítica a la reseña. Mientras leía la antología y durante el largo intervalo que me ha llevado a pensar y escribir este artículo he ido leyendo opiniones sobre Prospectiva en otros foros, además de otros artículos relacionados que hablaban de autores y temas relacionados. En ese sentido no puedo dejar de recomendaros que visitéis las reseñas de Prospectivas que han escrito Juan Manuel Santiago en Lecturalia y Elías Combarro en Sense of Wonder. Ellos hablan desde un conocimiento mayor que el mío y son algo menos prolijos y, por ende, pesados. Otro texto que me parece interesante, aunque no es una reseña y ha provocado algunas reacciones encontradas, el artículo de Javier Calvo en Jot Down. Será más o menos parcial, más o menos tendencioso, pero después de leer Prospectivas veo claro que se refiere a los autores de literatura fantástica de nuestro país que más me interesan a mí. Creo que también vale la pena recuperar la comparación que hizo Carlos García de uno de los títulos clásicos del género en nuestro país (Lágrimas de Luz, de Rafa Marín, publicada en 1984) y una novela breve escrita —en inglés, aunque para la cuestión de interés eso es anecdótico— en 2012 (Her Fingers, de Tamara Romeroreseñada también en La Biblioteca de Ilium—). En su texto, Carlos proponía que para los autores que empezaron a escribir ciencia ficción en los años de la transición supuso un lastre la falta de tradición y que, tal vez, autores contemporáneos con unos referentes más claros sepan sacar mayor partido de los recursos del género. Es una idea que concuerda hasta cierto punto con el énfasis de Javier Calvo en la aparición de una serie de autores que no orbitan en torno al fandom y beben de tradiciones que incluyen, pero no se limitan, a la fantastika. Concuerda también con mis impresiones sobre la evolución de los cuentos recogidos en Prospectivas, tal y como mencionaba en la introducción de este artículo. Cabe añadir que, al menos para mí, es una apreciación que no tiene relación con la calidad de los cuentos sino con su frescura y con la soltura con la que manejan los recursos del género. En cualquier caso, la existencia de un movimiento similar más allá de nuestras fronteras, con autores como Michael Chabon, Jennifer Egan o Cormac McCarthy, por mencionar algunos, obliga a ser prudente al tratar de buscar cualquier explicación en clave nacional y a enfocar el tema con una dosis sana de escepticismo.

No sé si la ciencia ficción española tiene un gran pasado, pero sospecho que tiene un futuro prometedor. Prospectivas es un volumen imprescindible para cualquiera interesado en el género escrito en nuestro país.

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Reseña invitada: Anómala, de Ronald Delgado

Hoy le abro las puertas de la biblioteca a un buen compañero. Nada me gustaría más que poder suscribirme al feed de su propio blog, pero tenerle como reseñador invitado es la segunda mejor opción. Os presento a @A_pHOBOS y espero que tengáis el placer de volver a leerle por aquí a menudo. Ya lo sabes, Alberto: ¡Aquí siempre serás bienvenido!

Hoy nos presenta una colección de relatos de ciencia ficción del autor Ronald Delgado.

Anómala de Ronald Delgado

Reseña de A.F. Olmedo

anomalaAnómala de Ronald Delgado es una colección de relatos de ciencia ficción, y siendo el autor un físico experto en inteligencia artificial se puede pensar que sería de la dura. Es más, títulos como D1O.S. o Código Fuente pueden ayudar al despiste, pero no es el caso. Los relatos, de la nueva colección del autor publicada por Alfa Eridiani, descansan sobre los conflictos filosóficos o morales que surgen ante el choque, cada día más común, de la tecnología y el ser humano. Según el propio autor, y por poner un apellido a la ciencia ficción que nos presenta, hablamos de cyberpunk. Pero un cyberpunk renovado, donde cala la sensación de “futuro cercano” que nos trasladan las realidades que desarrolla Delgado. Anómala destaca por la calidad y el oficio, deslucido por alguna iteración con ciertas expresiones, dando sensación de no ser un texto trabajado como conjunto pero sí individualmente.

Comienza con una introducción de Armando José Sequera sobre el autor y su obra. El formato de entrevista se agradece como variación sobre la típica nota introductoria. El propio Armando José nos indica la característica común de todos los relatos, lo cual comparto plenamente:
“Los cuentos de Ronald Delgado se mueven sobre un trasfondo crítico. Una crítica no a la tecnología, que es neutra, sino a los usos impropios que se le dan en nuestro tiempo y, posiblemente, en el que vendrá”

Compuesto por 8 relatos, el primero Ningyö actúa a modo de portada de toda la colección y surge como un esbozo del segundo relato y en conjunto funcionan muy bien. Kyoko Blue (Premio Andrómeda de Ficción Especulativa 2011) destaca por su calidad y nos acerca a un mundo de prostitución de lujo basado en muñecas mecánicas. La influencia japonesa es clara, tanto por la estética otaku como por la referencia a los autómatas Karakuri. En Se imprimen recuerdos el autor juega con la percepción de lo que es real o no y como afecta esto a los recuerdos. Delgado también aborda la percepción junto con la singularidad en Sexagésimo tercer sentido, presentándonos al Dr. Raymond y sus increíbles capacidades, con un relato entretenido. El más distópico de la colección es D1O.S., retratando una sociedad donde al nacer te implantan un interfaz para interactuar con una realidad distorsionada por la propia tecnología. Es uno de los tres relatos más destacables de la colección junto con KyoKo Blue y el que da título a la colección. En Anómala, Delgado trata algo tan actual como el derecho al olvido en la redes de información, nos acerca al trabajo de unos agentes dedicados a detectar anomalías en la huella virtual de cada uno. El relato que menos me ha gustado de la colección es Código Fuente, una historia algo lisérgica sobre drogas tecnológicas. Cierra la colección Las letras del analfabeta, un relato que vuelve a tocar la distopía generada por la posibilidad de valorar y vender los conocimientos adquiridos.

Ronald Delgado es Licenciado en física por la Universidad Central de Venezuela y especialista en inteligencia artificial. Ha publicado los libros de relatos El despertar de Meganet (Alfa Eridiani, España 2008), Réplica (Fondo Editorial del Caribe, Venezuela 2011) y La tierra del cielo sin sol (edición digital independiente, 2012).

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Her Fingers, by Tamara Romero. A New Weird novel

(Disclaimer: English is my second language, so I want to apologize in advance for any possible mistakes in the text below. If you find any, please let me know so that I can correct it. I’d really appreciate it.)

The New Weird – A Controversial Label

The New Weird is an odd trend among speculative fiction genres. As it’s often the case with subgenres -fortunately, if you ask me-, it’s almost impossible to come up with a perfect definition that allows the unambiguous classification of a given story. As I understand it, the concept of genre -and please, feel free to add as many subs- as you want- serves little purpose beyond that of allowing to group a set of aesthetic, thematic or formal concerns that may contribute, more or less deliberately, to the interpretation of a particular work in a context populated with several other works that, allegedly, share something with it. I agree with China Miéville when he states about genre that “a label is only a tool, and only as useful as its ability to generate debate and assist understanding”. When dogmatically adhered to, those values linked to the genre labels are damaging to a work in as much a degree as thoughtlessly is the author conforming to them. Nobody receives more help from labels than those in charge of arranging the shelves in the libraries or programming recommendation algorithms for online retailers. That is not to say that the concepts of genre and subgenre are meaningless, but that the unquestioned application of their parameters leads to the stagnation of the imagination and to the riskless conservatism so often observed in mainstream fantastika.

The Etched City

The New Weird has been charged, in fact, with a certain degree of vagueness and with claiming for itself peculiarities that were not really its invention nor belong exclusively to it. It’s advocates claim that its origins go back to pulp fiction authors such as H.P. Lovecraft and Clark Ashton Smith, while the consolidation of its aesthetic values owe much to Michael Moorcock’s New Worlds magazine, but even that has been called into question by its detractors. When M. John Harrison, who has himself been considered a New Weird author by other parties, posed his questions, controversy arose:

“The New Weird. Who does it? What is it? Is it even anything? Is it even New? Is it, as some think, not only a better slogan than The Next Wave, but also incalculably more fun to do? Should we just call it Pick’n’Mix instead?”

M. John Harrison, April 29, 2003

While Tim Maughan discredited the genre in one fell swoop:

“The only problem with The Weird is that nobody actually knows what the fuck it is, apart from perhaps a handful of writers and critics who don’t want their more literary colleagues to think they like sci-fi.”

-Tim Maughan, July 30, 2012

What, then, is The New Weird according to its advocates? In the introduction to the anthology The New Weird, its coeditors Jeff and Ann Vandermeer proposed the following definition:

 “Type of urban, secondary-world fiction that subverts the romanticized ideas about place found in traditional fantasy, largely by choosing realistic, complex real-world models as the jumping-off point for creation of settings that may combine elements of both science fiction and fantasy.”

-The New Weird, Tachyon Publications, 2008

Steph Swainton, author of The Year of the War, considered one of the main texts of the New Weird, answered Harrison’s questions by describing this subgenre as being “vivid”, “clever”, “eclectic”, “secular, and very politically informed”. More important, she declared that:

 “Its most important theme [is] detail. The details are jewel-bright, hallucinatory, carefully described…These details…are what makes New Weird worlds so much like ours, as recognizable and as well-described. It is visual, and every scene is packed with baroque detail”

Steph Swainston, April 29, 2003

pse These definitions are sort of vague, indeed, but the truth is that when I think back to those few New Weird key novels I have read, like China Miéville’s Perdido Street Station, K.J. Bishop’s The Etched City or the aforementioned anthology The New Weird, I can’t help to perceive how they share a baroque aesthetic and some values that, in turn, are reflected at different levels, from the excessive nature of their texts to their twisted characters or an effort to distort scenarios and scenes that sometimes gets to oust the plot as key element of the narrative. Self-declared New Weird authors (very active in their defense of the subgenre) share a taste for the grotesque, provocation and a willingness to incite political or social reflection. That may not be new; it may not be weirder that a multitude of previous or contemporary works; it may be an unnecessary label (more so than others? More so than cyberpunk? Space opera? Zombie genre!?) as posturing as arrogant when claiming merits whose invention lays elsewhere. Be that as it may, it is hard to argue that behind the New Weird a real movement exists with a sufficiently grounded tradition as to unite around it a clique of authors with highly fertile imaginations who, challenged by the conventionalism of mainstream fantastika, are producing a body of work which would be a mistake to ignore. One of the last additions to this group comes from Barcelona, Spain: Tamara Romero and her novel Her Fingers.

Her Fingers, by Tamara Romero. A review

Her Fingers With its scant sixty pages, Her Fingers endeavors to stretch the constraints imposed by its brevity by densely packing so many good ideas as to pay tribute to the fertility of the imagination of its author. Such richness of imagination is both the main virtue and the main risk of the text, that manages not to drown in shallowness by adopting a non-linear approach to world building, a perfect control of its pace and a touch of social criticism that greatly benefit the novel. In the pages of Her Fingers metaphors abound dealing with gender issues, the disintegration of personality caused by drugs, a denunciation of state control over the individual and a warning of the risks of acritically accepting labels and giving up control over the own life. While its length hinders the ability of the novel of exploring in depth some of the questions it raises, which perhaps are excessive in number given its shortness. Romero, though, is successful in using the weird as an echo chamber that elicits situations that remind us of our world and increase the relevance of the text without the need to go into precise details, such as those adolescents hinted at in the novel that use cybernetic implants as a form of rebellion against their parents, who, in turn, pay for their tattoos in a hollow attempt to quell their wish for transgression. While several passages in Her Fingers can be read as a sort of manifesto of the New Weird or a defense of the love of the strange for its own sake, none of the elements in the narrative is gratuitous; all of them serving a story that tastes like a nightmare and leads to a dazzling awakening.

I would love to read a novel by Tamara Romero with more room to leisurely develop her ideas, her premises and her characters. Her Fingers works like a charm because her author manages to turn its brevity to virtue and has the skill to chose wise shortcuts to resolve her ambitious world building. I have no qualms about anything the story shows, but I long for all the things it doesn’t unfold. This book, incidentally, was originally written in Spanish and then translated to English by the author herself. I can’t help attributing some lack of fluidity to that, but it’s a really minor issue and it may rather be in the eye of this beholder than in the text itself.

This is a highly recommended novel and I strongly suspect that Her Fingers is not the last that we will hear from her.

[Tamara Romero was kind enough to send me a Review Copy of Her Finger. I thank her this opportunity to get acquainted with her work]
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