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Her Fingers, de Tamara Romero. Una novela New Weird

El New Weird, un subgénero polémico

El new weird es una corriente peculiar dentro de la literatura fantástica. Como todos los subgéneros (afortunadamente, en mi opinión), resulta casi imposible adjudicarle una definición estanca que permita clasificar clasificar, sin lugar a dudas, un relato determinado dentro de esa categoría. Tal y como yo lo entiendo, el concepto de género (añadidle los subs- que queráis) sirve para poco más que para agrupar un conjunto de inquietudes estéticas, temáticas o formales  que, de forma más o menos explícita, o incluso más o menos consciente por parte del autor, ayudan a interpretar una obra concreta en el contexto de otras con las que comparte ese algo a partir del cual se define la etiqueta. Estoy de acuerdo con China Miéville, uno de los autores insignia del new weird, cuando hablando del concepto de género afirma que “una etiqueta no es más que una herramienta, y solo es útil en la medida que hace posible el debate y facilita la comprensión”. Una adhesión acrítica de la propia obra a una serie de valores de este tipo es tanto más negativa cuanto más seriamente se la tome el escritor y a nadie ayuda tanto como a los encargados de las estanterías de las librerías o a sus algoritmos de recomendaciones. Eso quiere decir que el concepto de género/subgénero no está desprovisto de significado, pero una utilización dogmática de sus parámetros conlleva, entre otros, el peligro del estancamiento de la imaginación y el conservadurismo tan frecuente en la literatura fantástica más mainstream.

The Etched City

Al new weird (no me consta que exista una traducción consensuada de la etiqueta y rechazo con horror la traducción literal «nuevo extraño». Antes me quedaría con el “nuevo chungo” propuesto solo medio en broma en los círculos tuiteros que frecuento) se le ha acusado, precisamente, de cierta indefinición de sus características y de atribuirse unas particularidades que ni ha inventado ni son exclusivas suyas. Incluso su origen, que según los defensores de la etiqueta se remonta a autores pulp como H.P. Lovecraft o Clark Ashton Smith como precursores y tuvo como padrino a Michael Moorcock con su revista New Worlds como plataforma a través de la cual se consolidaron sus valores estéticos, ha sido puesto en duda por sus detractores. En su momento, las dudas de M. John Harrison, un autor frecuentemente considerado New Weird, dieron pie a un gran debate:

«El New Weird. ¿Quién lo escribe? ¿Qué es? ¿Existe de verdad? ¿Es siquiera nuevo? ¿Es, como sugieren algunos, no solo un eslogan mejor que «La Nueva Ola» sino algo incalculablemente más divertido de escribir? ¿No sería mejor referirnos a él como Surtido Variado?»

M. John Harrison, 29 de abril de 2003

 Mientras que Tim Maughan lo descartaba de un contundente plumazo en un artículo reciente:

 «El único problema que tiene el Weird es que nadie sabe qué cojones es en realidad, aparte, tal vez, de un puñado de escritores y críticos que no quieren que sus colegas más literarios piensen que les gusta la ci-fi.»

-Tim Maughan, 12 de diciembre de 2012

 ¿Qué es el New Weird, entonces, para sus principales defensores? En la introducción a la antología The New Weird, coeditada por Jeff y Ann Vandermeer, se propone la siguiente definición:

 «Un tipo de ficción urbana, situada en un mundo secundaria, que subvierte los escenarios idealizados habituales en la fantasía tradicional, especialmente eligiendo modelos realistas y complejos basados en el mundo real como puntos de partida para la creación de escenarios que pueden combinar elementos característicos tanto de la ciencia ficción como de la fantasía».

– The New Weird, Tachyon Publications, 2008

 Antes, Steph Swainston, autora de The Year of the War (El Año de Nuestra Guerra, Bibliopolis 2004), considerado uno de los textos centrales del New Weird, trató de responder a Harrison refiriéndose a este subgénero como un “avance maravilloso de la fantasía literaria”, al que describió com “vívido”, “inteligente”, “ecléctico”, “laico y con fuertes connotaciones políticas”. Más importante, afirmó que:

 “Su tema principal es el detalle. Los destalles brillan como joyas, son alucinatorios, descritos meticulosamente… son estos detalles… los que hacen que los mundos del New Weird se parezcan tanto a los nuestros, que sean tan reconocibles y estén tan bien descritos. Es visual, y cada escena está empaquetada con detalles barrocos”

Steph Swainston, 29 de abril de 2003

pseCiertamente, como definiciones son algo vagas pero si pienso en las pocas obras fundacionales del New Weird que he leído, como Perdido Street Station (La Estación de la Calle Perdido, La Factoría de Ideas 2000) de China Miéville, The Etched City (La Ciudad del Grabado, Bibliopolis 2003) de K.J. Bishop, o la ya mencionada antología The New Weird, me caben pocas dudas de que todas ellas comparten una estética barroca y unos valores comunes que se reflejan en varios niveles, tanto en los excesos del texto como en lo retorcido de sus personajes y en unos esfuerzos por distorsionar escenarios y situaciones que pueden llegar a desplazar la trama como elemento principal de la narración. Si algo une a los autores que declaran (y suelen ser activistas al respecto) su adhesión al New Weird es su gusto por lo grotesco, la provocación y su voluntad de demoler (quizás ignorar sea más adecuado) las barreras entre los géneros y provocar una reflexión o reacción política. Tal vez no sea nuevo; tal vez no sea más extraño que multitud de otras obras anteriores o paralelas; tal vez sea una etiqueta innecesaria (¿más que otras? ¿Más que ciberpunk? ¿Space opera? ¿¡Género Z!?) y que se atribuye con tanta pose como arrogancia unos méritos cuya invención no le corresponden. Es difícil, sin embargo, discutir que detrás del New Weird existe un movimiento real con una tradición suficientemente amplia como para reunir a su alrededor a una serie de autores de imaginación fértil que están produciendo, en respuesta al adocenamiento del género fantástico más comercial, un conjunto de obras a las que sería un error no prestar atención. Una de las últimas adiciones a este grupo es la barcelonesa Tamara Romero con su primera novela: Her Fingers.

Reseña de Her Fingers, de Tamara Romero

Her FingersCon sesenta páginas escasas, Her Fingers tensa al máximo los límites que le impone su brevedad al empaquetar densamente una cantidad de ideas que son un homenaje a la imaginación fértil de su autora. Esta riqueza imaginativa es a la vez la mayor virtud y el principal problema del texto, que solo gracias a su enfoque no lineal de la construcción del mundo, al ritmo de la narración y a su voluntad de crítica social evita ahogarse en la superficialidad. En las páginas repletas de metáforas de Her Fingers puede encontrarse una crítica a la lucha entre sexos, una descripción de la destrucción de la personalidad que pueden provocar las drogas, una denuncia del control del individuo por parte del estado y una advertencia del peligro de las etiquetas cuando se dan por sentado y llevan a renunciar al control de la propia vida. Aunque la extensión del libro impide que la historia profundice en todos los temas que apunta, tal vez excesivos en número, Romero consigue utilizar lo extraño como una cámara de resonancia que evoca situaciones propias de nuestro mundo y aumenta el calado del texto sin necesidad de entrar en detalles, como por ejemplo esos adolescentes de la novela que se injertan implantes biónicos como forma de rebelión contra sus padres que, a su vez, les pagan tatuajes en un intento inane de satisfacer sus ansias de transgresión. Aunque algunos de los pasajes de Her Fingers pueden ser leídos como una declaración de principios del propio New Weird o de amor hacia lo extraño por lo extraño, ningún elemento de la narración es gratuito y todos cumplen alguna función que sirve a una historia que sabe a pesadilla y acaba como un despertar arrebatador.

 Me gustaría leer un libro de Tamara Romero en el que pudiera dedicar más espacio a desarrollar sus ideas, sus premisas y sus personajes. Her Fingers funciona perfectamente porque su autora sabe convertir su brevedad en virtud y soluciona con atajos la justificación del mundo que ha construido. No tengo quejas sobre lo que el cuento incluye, pero me queda el anhelo de leer todo lo que deja fuera. Una curiosidad del libro es que Tamara Romero lo escribió en español y luego lo tradujo al inglés (una de las recomendaciones para escritores noveles, por cierto, de Pedro Román). A eso le atribuyo, quizás, la tendencia a repetir determinadas estructuras sintácticas («I…«, «I…«, «I…«) que interfieren ligeramente con el flujo de la prosa, pero es un problema muy menor que puede estar más en el eye of the beholder que en el texto en si mismo.

 Una historia muy recomendable y una nueva autora de la que estar pendiente.

[Le agradezco a Tamara Romero su amabilidad al enviarme una copia de cortesía de su novela para reseñarla]
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Reseña invitada: @Odo y The Constantine Affliction, de Tim Pratt

Elias¡Hoy tenemos un invitado de lujo en La Biblioteca de Ilium

Nuestro amigo Odo, morador de Sense of Wonder cuyas computaciones profundas ya habían resonado en otras ocasiones por los vastos espacios de este blog, nos ha cedido la versión en español de su reseña de The Constantine Affliction, una novela de Tim Pratt con una pinta auténticamente fenomenal. La versión en inglés de esta reseña ha aparecido simultáneamente en Sense of Wonder

Dado que las palabras que leeréis a continuación han sido traducidas por vuestro humilde servidor, el Bibliotecario de Ilium, cualquier incorrección en ellas es atribuíble solo a mí mismo. El inefable Odo está más allá del error y no le debemos más que adoración y gracias por permitirnos albergar la sombra indigna de sus palabras excelsas.

 

The Constantine Affliction, de Tim Pratt

Banda sonora de la reseña: Sugiero leer esta reseña escuchando West End Girlsde Pet Shop Boys (Youtube, Spotify).

A pesar de su publicación bajo el sello Night Shade Books (mi editorial favorita) no tenía ninguna intención de leer The Constantine Affliction, de T. Aaron Payton. Mi amigo Miquel [¡Mira mamá! ¡Salgo en una reseña!] me envió un mensaje de correo electrónico para explicarme lo mucho que le gustaba el argumento de la novela pero a mí, sencillamente, no me atraía. Y entonces sucedió algo que cambió mi opinión por completo: Tim Pratt reveló que T. Aaron Payton era uno de sus seudónimos. Como mi interés por cualquier cosa escrita por Pratt es inmediato, me apresuré a obtener un ejemplar de cortesía en NetGalley y me puse a leerlo. ¡Y cómo me alegro de haberlo hecho!

The Constantine Affliction es una de las mejores novelas que he leído este año. Es inteligente, sorprendente y, sobretodo, divertidísima. Al parecer, mi primera impresión sobre el libro era totalmente errónea. Me gustaría que equivocarse siempre sentara así de bien.

The Constantine AfflictionEs difícil clasificar The Constantine Affliction bajo un único género. Podríamos calificarlo de steampunk por sus varias similitudes, en términos de ambientación y temática, con libros como Boneshakerde Cherie Priest y The Affinity Bridge de George Mann (aunque para mi la novela de Pratt es mucho más amena, más en la línea del The Bookman de Tidhar). Pero también está fuertemente inspirado en los relatos de detectives (luego volveré a esta idea) o terror del siglo XIX. Incluso percibí algún punto en común con una película a la que le tengo un aprecio especial (aunque más por ser divertida que por ser realmente buena), El hombre con dos cerebros.

Limitémonos a decir, entonces, que The Constantine Affliction es un cuento de autómatas, alquimia, cerebros en tarros, extrañas enfermedades y chantajes. Y algunos Primigenios para que no falte de nada. Pratt consigue incluso tratar temas sociales o de género (la dolencia de Constantine que da título al libro es una enfermedad que transforma a las mujeres en varones y a los varones en mujeres) y plantear algunas cuestiones interesantes relacionadas con la libre voluntad y la consciencia. Os parecerá que es un surtido variopinto, pero Pratt se las arregla para hacerlo funcionar de forma homogénea y sin fisuras.

El estilo de la novela es típicamente Prattiano. Si he aprendido algo leyendo la obra de Pratt es que este autor es un maestro del diálogo y The Constantine Affliction no es una excepción. Incluso me atrevería a decir que se trata de uno de sus mejores trabajos en este aspecto. De hecho, The Constantine Affliction es el libro en el que he subrayado más párrafos entre los que he leído últimamente, y es que cómo evitar enamorarse de frases como ésta:

«Mr. Adams says London is like a trash heap, whith things piled on top of other things, but the other things are mostly just more London, from a long time ago.»

“El Sr. Adams dice que Londres es como un montón de basura, con cosas apiladas encima de otras cosas, pero la mayoría de esas otras cosas no son más que más Londres de largo tiempo atrás.”

O esta otra, una de mis favoritas:

 His hair stood on end, giving him the appearance of a demented dandelion.

Tenía los pelos de punta y eso le daba el aspecto de un diente de león demente.

La trama es absorbente y su ritmo casi perfecto, con algunas escenas memorables, especialmente en el vibrante tercio final de la novela. Hallaréis, por ejemplo, un ataque de prostitutas mecánicas (sí, lo habéis leído bien) que podría haber salido directamente de un episodio del Dr. Who calificado X (por cierto, debo ser el aficionado a la ciencia ficción más raro del lugar puesto que, sinceramente, no entiendo todo el revuelo en torno a la serie del Dr. Who, aunque si Pratt guionizara un episodio lo vería sin ningún tipo de duda).

La mayoría de los personajes son fascinantes. Mi favorito, sin duda, ha sido Adam, un científico loco de película de serie B inspirado por igual en el Fantasma de la Ópera y en un Dr. Frankenstein sinestésico. Pero también me gustó Lady Winifred, la esposa de Lord Pembroke, que en realidad es su antiguo amigo Freddy transformado por la dolencia de Constantine. El suyo es un matrimonio de conveniencia en más de un sentido. A Freddy le proporciona protección, claro, pero también permite que Pimm (Lord Pembroke) satisfaga sus dos aficiones favoritas: jugar a detectives y beber.

Sin embargo, y para mí este es el mayor “sin embargo” de la novela, Pimm no me parece un personaje especialmente atractivo aunque es él el principal protagonista del relato. A pesar de que se supone que es un gran detective, el Sherlock Holmes de su época, eso es algo que se nos explica más que se nos muestra, pues no llegamos a ser testigos de ninguna auténtica hazaña deductiva suya.

En conjunto, podría muy bien ser ésta la mejor novela de Pratt hasta la fecha y eso es decir mucho, especialmente viniendo de un admirador acérrimo de Marla Mason como yo. Aunque la novela funciona perfectamente por sí misma, deja espacio para más historias ambientadas en el mismo mundo y… ¡Estoy desando leerlas!

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The Whitefire Crossing, by Courtney Schafer

(As I followed the lead of Sense of Wonder in posting some of my reviews in english, it’s only fair that I borrow Odo‘s disclaimer: English is my second language, so I want to apologize in advance for there may be mistakes in the text below. If you find any, please let me know so that I can correct it. I’d really appreciate it. Thanks.)

[Courtney Schafer was kind enough to send me the first two books in her trilogy The Shattered Sigil. I thank her this opportunity to review the first novel in the series]The Whitefire Crossing (Shattered Sigil, #1)

«I regret-so many things. What do you do, when a mistake cannot be undone?«

Within the rather monotonous landscape of new fantasy novels, The Whitefire Crossing (Courtney Schafer‘s literary debut and the first installment of The Shattered Sigil trilogy) has enough interesting elements to make it a good choice when compared to a lot of his companions in the bookshop shelves. However, despite its strengths, the book does not fly as high as it could have done it because of it being too predictable, without managing to escape the comfort zone that seems to act as a gravity well for the imagination of many genre authors.

The plot is tight and simple. Dev is an outrider working for commercial caravans traveling the mountain route that goes from Ninavel to Alathia. This work allows him to smuggle magical charms to Alathia, a country in which magic is strictly legislated. His latest smuggling assignment, though, is somewhat different: he is asked to help young Kiran to reach Alathia posing as his apprentice, but the journey will get complicated when Dev discovers that Kiran has lied about his true identity.

The first half of the novel is devoted to Dev and Kiran’s flight through the mountains and the Whitefire crossing, trying to reach the Alathian border while pursued by a virtually omnipotent foe. The relationship between Dev and Kiran is built by continuously jumping from the point of view of Dev to Kiran’s, allowing the reader to stay one step ahead of both characters and getting him to enjoy their mistakes and hesitations. The author has chosen to shift from a first-person narrative when Dev is the main character to third-person in Kiran’s point-of-view. While I’m not totally convinced of this being the more elegant strategy from a narrative standpoint, it certainly leads to an interesting dynamic and stresses contrast between the voices of both protagonists. One of the best executed aspects in the relationship between Dev and Kiran is their gradual discovery of those things they have in common and how these things challenge their prejudices. The part of the novel devoted to the journey through the mountain comes to life thanks to the ability of the writer to convey her passion for mountaineering and climbing and making it into the fabric of the story. This, added to the sense of impending doom from the enemy that persecutes the protagonists from far away and the resulting suspense lead to a first section of the novel that works like a clockwork and oozes personality, owing more to the interaction between the characters and their environment than to the specifics of the plot.

The Tainted City (Shattered Sigil, #2)In the second half, however, the story takes a not completely unexpected turn and shifts its tone from that of a «road movie in the mountain» to a rather mainstream fantasy adventure set in the city of Alathia, losing much of its uniqueness. Where the enemy pursuing Dev and Kiran in the mountains was immense because of his remoteness, their new nemesis in Alathia is like a caricature of a cartoon villain; where the mountain and the Whitefire Crossing were lively and attractive scenarios that challenged the skills of the protagonists, Alathia is a medieval city poorly drawn. Overall, the Alathian arc lacks uncertainty and the reader never begins to doubt the ability of the protagonists to overcome the situation, although some surprises at the end lead to an interesting starting situation for the second novel in the series, The Tainted City.

The Whitefire Crossing is a good debut novel and a good start for an attractive series with some good characters and intriguing elements. The author’s prose is perfectly adequate and does not stand between the reader and the story. Courtney Schaffer does not delve in some of the many interesting ideas raised while worldbuilding (The idea that children in Ninavel are able to practice a kind of magic that goes away when they reach adolescence is a favorite of mine) but they remain as seeds for the next installment of the series. I, for one, am determined to read The Tainted City sooner rather than later.

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The Whitefire Crossing, de Courtney Schafer

[Muy amablemente, Courtney Schafer me envió los dos primeros libros de la trilogía The Shattered Sigil para que pudiera reseñarlos. Desde aquí le agradezco su cortesía]The Whitefire Crossing (Shattered Sigil, #1)

«I regret-so many things. What do you do, when a mistake cannot be undone?«

Dentro del panorama más bien monótono de las novedades de literatura fantástica, The Whitefire Crossing (debut literario de Courtney Schafer y primera entrega de la trilogía The Shattered Sigil) tiene suficientes elementos como para que valga la pena elegirlo frente a muchos de sus compañeros de estantería. Sin embargo, a pesar de sus virtudes, el libro no acaba de alzar el vuelo por culpa de un exceso de predictibilidad y de la caída en una Zona de Confort que parece actuar como un pozo de gravedad para la imaginación de muchos de los autores del género.

El argumento es sencillo. Dev trabaja como guía de caravanas de mercaderías en la ruta de montaña que va de Ninavel y Alathia y eso le permite sacarse un sobresueldo como contrabandista de amuletos mágicos, prohibidos en Alathia por su estricta ley contra el uso de la magia. Su último encargo consiste en ayudar a Kiran a llegar a Alathia haciéndose pasar por su aprendiz, pero el viaje se complicará cuando Dev descubra que Kiran le ha ocultado su auténtica identidad.

Toda la primera parte de la novela consiste en la huída montaña a través de Dev y Alathia, perseguidos por una figura prácticamente todopoderosa. La relación entre Dev y Kiran está acentuada por el continuo cambio de punto de vista de la novela entre el uno y el otro, con lo que el lector se mantiene un paso por delante de los dos personajes y llega a disfrutar de sus errores o dudas. No estoy convencido de la elegancia de la estrategia elegida por la autora, que oscila entre la narración en primera persona cuando nos pone tras los ojos de Dev y la tercera persona cuando el protagonista es Kiran, pero sin duda da lugar a una dinámica interesante y a un contraste muy marcado entre las voces de ambos. Uno de los aspectos mejor ejecutados de la relación entre ambos es como van descubriendo, progresivamente, las cosas que tienen en común, chocando con sus respectivos prejuicios. Toda la parte del libro dedicada a la travesía por la montaña cobra vida gracias a la capacidad de la escritora para transmitir su pasión por el montañismo y la escalada. Sumado a la sensación de peligro inminente y suspense que provoca la distancia desde la que actúa el perseguidor de los protagonistas, todo el primer tramo de la novela da pie a una historia que funciona a la perfección y rebosa una personalidad propia que le debe más a la interacción entre los personajes y su entorno que a los detalles concretos de la trama.

The Tainted City (Shattered Sigil, #2)En su segunda mitad, sin embargo, la historia da un giro poco inesperado y abandona la «road movie» montañera para convertirse en una aventura de fantasía más convencional ambientada en la ciudad de Alathia y, con ese cambio de tono, pierde buena parte de lo que la hacía especial. Si el enemigo que les perseguía en la montaña era inmenso en su distancia, su nuevo rival en Alathia parece la caricatura de un malvado de dibujo animado; si la montaña y el paso de Whitefire dibujaban un escenario vivaz y atractivo que ponía a prueba las habilidades de los protagonistas, Alathia es una ciudad medieval más insuficientemente dibujada. En general, la incertidumbre de la historia en Alathia es escasa y no llegamos a dudar de la capacidad de los protagonistas de sobreponerse a la situación, aunque algunas sorpresas al final plantean una situación de partida interesante para la segunda novela de la serie, The Tainted City.

The Whitefire Crossing es una buena novela de debut y un buen principio para una serie atractiva con buenos personajes y algunos rasgos intrigantes. La prosa de la autora es perfectamente competente sin llamar la atención ni interponerse entre el lector y la historia. En la construcción de su mundo de fantasía, Courtney Schafer no profundiza en algunas de las muchas ideas interesantes que plantea (personalmente me encanta la idea de que, en Ninavel, los niños pueden practicar un tipo de magia que pierden al llegar la adolescencia) pero ahí quedan como semillas para las próximas entregas de la serie. Yo no me las perderé.

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Una Edad Difícil, de Anna Starobinets

Una edad difícil


[Le agradezco a la editorial Nevsky Prospects la cortesía de enviarme un ejemplar del libro para reseñarlo en el blog]

Al final del trasbordo había una señora de edad indefinida con un viejo abrigo rojo de plumón y botas de fieltro que sostenía tres ramilletes de campanillas de invierno.

Enfrente de ella, en un taburete plegable, mendigaba una viejecita encogida de cara demacrada y cetrina. Su nariz larga y afilada como una flecha de hueso apuntaba hacia abajo, a un cartón de leche cortado groseramente. En el fondo del cartón distinguí algunas monedas de un rublo y un par de cinco.

Arrojé al cartón de leche un billete de diez y oí claramente: «Z-zorra».

-¿Qué ha dicho? -No daba crédito a mis oídos.

-Que Dio-os la be-endiga -siseó con odio la vieja -, que be-endiga a to-odos lo-os vivo-os.

El relato corto es una de las áreas en las que la narrativa en general, y la literatura fantástica en particular, puede brillar con mayor intensidad. Los autores más dotados para este formato consiguen convertir el lenguaje en un bisturí que les permite diseccionar ideas que inmersas en la mayor complejidad de una novela quedarían relegadas a poco más que atrezzo. A veces me parece que los mejores virtuosos (o, en el caso que nos ocupa, virtuosas) del relato corto nos arrebatan el aliento con una contundencia raramente al alcance de la novela. Me tienta sugerir que la conexión con la imaginación es más directa en el caso del relato breve que en otros formatos, dando lugar a un terreno más fértil desde el cual contribuir a la exploración de las fronteras del género. La autora rusa Starobinets saca partido de las herramientas del cuento con gran habilidad, creando un conjunto de relatos con conexiones claras con el horror, en los que el surrealismo, la crueldad y un sentido del humor bastante retorcido forman el entramado en el que desarrollar las ideas de su poderosa imaginación.

Los parámetros de una imaginación rusa

Los cuentos recogidos en Una edad difícil comparten un tono sarcástico y escéptico, una ambientación contemporánea o situada en futuros alternativos cercanos y un trasfondo absurdo con frecuentes incursiones en el terreno de los sueños. Sus personajes son personas alienadas, desencantadas, ajenas a si mismas, que solo saben interaccionar para hacerse daño. Si el libro resulta triste lo es sólo en segunda instancia, de una manera cerebral, pues la primera reacción depende humor negrísimo de la autora. El imaginario del volumen saca partido de algunos temas habituales en la literatura de ciencia ficción, como los androides, la inmortalidad o los universos paralelos, o del horror, como el miedo a los insectos o la locura, pero el objetivo final siempre es la construcción de unos personajes y el estudio de sus reacciones.

La escritura de Starobinets

La traducción del ruso sale del buen hacer de Raquel Marqués García, que consigue transmitir un texto fluido que refleja perfectamente la sensación de extrañeza de la propuesta de la autora. La mayoría de los cuentos están estructurados en dos fases, ya sean estas los dos tiempos intercalados de una historia explicada desde un presente narrativo sembrado de flashbacks, el cambio gradual de punto de vista en la magnífica Una Edad Difícil que da título al libro, o el cambio de tono que obliga a releer el cuento en la original La Agencia. Starobinets es tan eficaz en primera como en tercera persona aunque es en el primer caso cuando resulta más tentador identificar a la autora con sus personajes.

Ni King, ni Dick: Starobinets

Desde que llamó mi atención hace unas semanas he ido encontrando diversos artículos, reseñas o vídeos sobre Anna Starobinets y su Una Edad Difícil que la comparan con autores tan alejados entre si como Stephen King y Philip K. Dick. Lo cierto es que, después de leer esta antología, no me parece que Starobinets necesite ser descrita a través de ninguna comparación. Su voz como autora es suficientemente personal como para tener entidad propia y sus cuentos son sofisticados e imaginativos. Es difícil detectar defectos importantes en sus relatos más allá de su insistencia por evocar siempre el mismo tipo de visión del ser humano, limitando la paleta de la autora, o cierta falta de objetivo en algunos de los cuentos que se dejan llevar por la seducción de la narración para llegar a una conclusión que no hace justicia a su desarrollo, por lo demás siempre impecable. La valoración de los cuentos individuales nunca es menos que notable y en general sobresaliente.

Anna Starobinets me ha parecido una autora extremadamente interesante a la que seguir el rumbo con mucha atención. Además de ser una muestra excelente de la producción de literatura fantástica rusa, Una Edad Difícil es una antología absolutamente recomendable para cualquier aficionado a la literatura fantástica en particular y a la literatura en general, tanto por su originalidad como por la calidad de su escritura.

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Del Naranja al Azul, de Cristina Jurado Marcos

[Reseño este libro gracias a la cortesía de la Editorial United p.c. y aprovecho para anunciar que un ejemplar de la novela será objeto de un sorteo en el próximo episodio del podcast de Los VerdHugos. Permanezcan atentos a sus ordenadores.]

Del naranja al azulAunque la tengo (felizmente) lejana, procedo de la tradición científica. En ese ámbito es habitual detallar cualquier posible conflicto de interés que pueda haber sesgado el punto de vista del autor de un artículo. Voy a honrar mis orígenes confesando que la autora de Del Naranja al Azul se cuenta entre esos amigos posibles gracias a twitter; amistades 2.0 a las que lo más normal es no haber visto en persona, cuyas voces raramente conozco, de las que no se si son altas o bajas o tantas otras cosas. De Cristina Jurado solo sé que cuando no aparece en mi timeline de twitter la echo de menos y qué me siento privilegiado por estar entre los primeros en haber podido leer su novela. El lenguaje debería tener alguna forma de distinguir a amistades cibernéticas que a menudo siento más cercanas que a muchas otras personas que mejor servicio le harían a la humanidad convertidas en personaje de videojuego… vamos a ello.

Del Naranja al Azul es la primera novela de una duología y, como tal, sirve sobre todo para presentar los diferentes personajes y sentar las bases del conflicto que desarrollará en la próxima entrega. El planteamiento inicial de la novela recuerda especialmente el principio de esa V, los Visitantes que muchos de nosotros tuvimos el gran placer de ver durante nuestra adolescencia en los años ochenta (añado que a mi me gustó el reciente remake de la serie): Unos alienígenas (los bionautas) presuntamente pacíficos llegan a la tierra y se presentan ante la humanidad. A partir de aquí, aunque se mantienen algunos paralelismos, la novela adquiere personalidad propia con algunas propuestas genuinamente originales algo lastradas por una ejecución que no consigue desarrollarlas hasta alcanzar todo el potencial que tenían.

La novela cumple sobradamente con el objetivo de entretener y, lo que quizás es más importante, proporciona un desenlace sugerente que suscita el deseo de conocer el final de la saga. Sin embargo, la credibilidad del argumento y la profundidad de la narración se ven puestos en cuestión por una aparente tozudez por enfatizar los aspectos positivos de una situación post-apocalíptica que, francamente, pocos parece tener. También llama la atención la voluntad de esquivar mediante piruetas narrativas cualquier descripción mínimamente gráfica capaz de reflejar la visceralidad que piden a gritos algunas de las escenas y que resultaría (de eso no me cabe ninguna duda) en una profundización mucho mayor en la naturaleza de los personajes.

Uno de los grandes hallazgos de la novela son los bionautas, esos alienígenas cuya gran similitud con los seres humanos se me antoja como el misterio central de la trilogía y que durante siglos (aunque nunca queda totalmente claro durante cuanto tiempo) han surcado el espacio sideral en busca de un nuevo hogar. Es precisamente este largo viaje, con la escasez material y de estímulos que conlleva, el qué ha condicionado hasta límites que solo podemos imaginar la psicología y la biología de los bionautas, convirtiéndoles en unos seres extremadamente eficientes y, desde un punto de vista humano (el mío, que pasa) fríos como tempanos de hielo en el vacío interestelar. Precisamente son los bionautas quienes dan pie a algunas de las escenas más interesantes y más propias del género de la novela, aunque mi impresión es qué el recurso estilístico que ha elegido la autora para reflejar su alteridad les perjudica más que beneficiarles, interrumpiendo el ritmo de la narración mediante frases cortas que además hacen de párrafo y forzándoles a comunicarse mediante diálogos cortos que niegan de facto esa superioridad de la comunicación de los bionautas de la que ellos se sienten tan orgullosos.

Es una novela capada, a medio gas, que crea una situación con mucho potencial pero se limita a mirar desde el exterior sin permitir que el lector habite en ella, en parte debido a un deseo de universalización mal entendido que se refleja en la ausencia de nombres de localizaciones, descripciones vagas de la geografía y de las distancias y, en general, un planteamiento superficial. Y sin embargo, es fácil visualizar lo que podría haber sido y tentador imaginar por qué derroteros llevará a esa resistencia y a sus bionautas la fértil fantasía de la autora. Es una lectura ligera que puede ayudar a hacer más llevaderos estos días lluviosos que nos acompañan (al menos en este satélite de Barcelona en el que habito) y que abre la puerta a una serie con un gran potencial.

Con esta novela Cristina Jurado se convierte en una de las nuevas imaginaciones de la ciencia ficción en español, una autora a la que acompañar en su exploración del futuro imaginado de la especie humana.

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Victus, de Albert Sánchez Piñol

Victus

Todos los reyes, por definición, son unos tarados o acaban siéndolo. El único debate es saber si para sus súbditos es mejor que los gobierne un tonto del culo o un hijo de puta.

Albert Sánchez Piñol ha escrito, y lo digo sin cinismo alguno, un libro destinado a convertirse en el centro de atención y de las expectativas de medios de comunicación del público, al menos en Cataluña. Escrito, por primera vez en la trayectoria del autor, en español y centrado en la secuencia de acontecimientos que culminaron en el asedio de Barcelona y en su ocupación por las tropas borbónicas el 11 de setiembre de 1714, resulta tentador reducir la intención del libro a la mera provocación y… bueno… a cualquiera que lea esas primeras líneas le resultará difícil defender la inexistencia de ese espíritu (gamberro, irreverente y a niveles diversos) de escandalizar y meter el dedo en el ojo. Que se lo pregunten a Voltaire… pero, al mismo tiempo, enseguida se hace evidente que la propuesta de Sánchez Piñol es mucho más ambiciosa y que la risotada grosera y el antiheroísmo de su protagonista, Martín Zuviría, aspira a convertir en mito colectivo uno de los episodios con más ecos de la historia de Cataluña. Ya vendrá quien, mucho más preparado que yo, analice como es debido la Historia que da vida al libro. Yo, amigos, soy lector y, como acostumbro aquí, de lo que os hablaré es de mi experiencia lectora.
La progresión de Victus es peculiar. Desde un tramo inicial al filo de la comedia absurda la novela se oscurece y se vuelve épica a medida que se acerca a ese asedio final. El principio de la historia evoca la mirada singular del Sánchez Piñol procedente del género fantástico y su capacidad para dar vida a un mundo siempre al borde de la inverosimilitud. Tanto la formación como ingeniero de Zuviría, en tierras francesas y bajo un programa pedagógico surrealista que parece estar más indicado para entrenar espías y agentes secretos como el énfasis en las doctrinas misteriosas de un gremio amante de lenguajes secretos y de jerarquías ocultas, dan pie a una trama que saca partido de las convenciones de la literatura fantástica más cercana a la bildungsroman sin recurrir por completo a su imaginario. La extrañeza y el humor son dos de los principales ingredientes de la historia que relata, ya viejo, el propio Zuviría a través de la pluma de su “querida y horrenda Waltraud” y, a pesar del aprendizaje personal que experimenta a lo largo de la novela, si algo delata el impacto traumático que supuso 1714 para su protagonista es precisamente el intervalo de décadas que separa el final de la novela y la edad a la que se decide a explicar su vida, esa gran diferencia entre el joven cobarde e ingenioso que vivió la historia y el viejo cínico y cruel que la explica. El texto está sembrado de pistas que suscitan el deseo de leer las aventuras adultas de Zuviría o, al menos, de entrever algunos de los encuentros que menciona con personajes como Jonathan Swift, Isaac Newton o (el que más me gustaría) su odiado Voltaire. Quién pudiera leer esa larga elipsis para rellenar los huecos en la inquietante progresión de la paleta de emociones recogida en la novela, desde el sentido del humor más basto y primario hasta esta épica valerosa de las luchas desesperadas y, al final, la crueldad amarga de un viejo marcado por la historia. Y es que si el tramo inicial recuerda al Sánchez Piñol escritor de aventuras fantásticas, el acontecer de la historia, paralelo al de la Historia con mayúscula, transmuta el tono de la narración erosionando el humor página a página u ocultándolo entre líneas, hasta alcanzar un clímax que no por sabido y esperado resulta menos impactante.
Y, por encima de todo, Martín Zuviría; formado por uno de los principales ingenieros militares del siglo y con una percepción virtualmente sobrehumana de su entorno que, sin embargo, no le permite aprehender una verdad que busca y persigue pero que le elude, una vez tras otra, ante la mirada atónita de un lector que la ve con tanta claridad como todos los personajes que le rodean. Si hay una muralla que Martín debe superar sin trincheras o subterfugios es la que erige su absoluta falta de introspección, el último obstáculo para comprender la clave de la defensa de una plaza asediada. El testimonio de Martín de los años que llevaron a uno de los episodios cruciales de la historia de Catalunya se nos relata a través del prisma de su búsqueda personal, de la relación con sus dos grandes maestros y con su familia y el círculo de amistades y enemistades que le irá rodeando a lo largo de su periplo. Sabemos desde el primer párrafo de la novela la poca estima en que se tiene y el peso de la culpa que le corroe por lo que no debería sorprender la falta de confianza que inspira como narrador. Solo la lealtad que suscita entre los que le conocen y la fe absoluta en su criterio que muestras sus superiores y sus subordinados a pesar de su evidente falta de coraje (a pesar también de su juventud, un detalle que es fácil olvidar en el fragor de la lectura) llevan a pensar que, tal vez, Martín Zuviría es más de lo que parece y más, también, de lo que el mismo cree. Es posible, solo posible, que la gran verdad que persigue sin saber encontrar le haya encontrado a él sin que se diera cuenta.
Victus no es una novela perfecta (hay tan pocas). Su deseo de conseguir un ritmo trepidante la obliga a menudo a cortar por la tangente y resumir en pocas líneas episodios enteros como, por ejemplo, algunas de las escenas del asedio de Tortosa; en otras ocasiones, en cambio, la narración da un paso atrás y cede su lugar a la pura exposición histórica. Más importante, quizás, es la falta de naturalidad que aqueja a algunos de los diálogos, en los que el tono moderno que tan efectivo resulta en el resto del texto se anquilosa y se vuelve un tanto artificial. Sin embargo, ninguno de estos defectos llega a ensombrecer en ningún momento el logro de Sánchez Piñol con esta novela: revivir una derrota y hacer sentir orgullo (con una dosis considerable de tristeza) por la misma. Es difícil valorar el grado de influencia que ejerce el contexto del lector en el disfrute de este libro. Generalizar siempre es mentir o, quizás mejor, equivocarse. Aceptar una novela como verdad histórica es una empresa plagada de peligros, pero una lectura honesta es la que reconoce las emociones que un libro provoca en uno mismo. Las novelas pueden tener su propia verdad narrativa y se anclan en nuestro paisaje emocional de una manera que el conocimiento histórico raramente consigue. Esa es una de las numerosas virtudes de Victus, su capacidad para hacer vivir emociones que permiten imaginar, al menos, un 1714 que nunca antes había sentido vivo. Y si en mitad de la tristeza queda espacio para varias buenas risotadas, todo eso de más que queda en su haber.
Me declaro vencido por Victus.
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The Alloy of Law, de Brandon Sanderson

The Alloy of Law (Mistborn, #4)

“Lord Ladrian,” Steris said as they began eating, “I suggest that we begin compiling a list of conversational topics we can employ when in the company of others. The topics should not touch on politics or religion, yet should be memorable and give us opportunities to appear charming. Do you know any particularly witty sayings or stories that can be our starting point?”
“I once shot the tail off a dog by mistake,” Waxillium said idly. “It’s kind of a funny story.”
“Shooting dogs is hardly appropriate dinner conversation,” Steris said.
“I know. Particularly since I was aiming for its balls.”

Igual que Nacidos en la Bruma, la entretenidísima trilogía que precede a esta especie de secuela, The Alloy of Law (Aleación de Ley, Ediciones B) es una novela de aventuras sin complejos ni complejidades innecesarias que sabe sacar partido de clichés de solvencia contrastada. Se trata de una novela independiente de la famosa trilogía de Brandon Sanderson situada en el mismo mundo pero trescientos años después. El tiempo transcurrido permite que Sanderson refleje algo poco habitual en el ámbito de la fantasía: la evolución tecnológica de la sociedad. Aúnque prácticamente no pierda tiempo explicando sus características, en The Alloy of Law siguen existiendo la alomancia, la ferruquimia y las otras disciplinas mágicas que conocimos en Nacidos en la Bruma, pero la tecnología ha evolucionado dando lugar a un mundo con claras connotaciones steampunk y una ambientación muy cercana al western.

The Alloy of Law no es, ni de lejos, un libro perfecto: en muchas ocasiones el argumento peca de ingenuo y una simplicación excesiva puede hacer que algunas motivaciones o decisiones de los personajes puedan parecer inverosímiles. El protagonista de la historia, Lord Waxillium, situado a medio camino entre Bruce Wayne y Sherlock Holmes, es un personaje interesante y carismático pero los personajes secundarios, en cambio, son muy… secundarios. Todos ellos podrían haberse beneficiado enormemente de una segunda capa de pintura. A pesar de todo The Alloy of Law recuerda a los procesadores de texto modernos en cuanto es WYSIWYG («What You See Is What You Get» o «lo que ves es lo que obtienes»). Y lo que ves y lo que obtienes es una historia de aventuras de carácter pulp en el que lo principal es que el argumento fluya para disfrutar de la imaginación y la exageración que la anima, repleta de efectos especiales espectaculares y un sentido del humor divertido hasta la carcajada que no permite detenerse en detalles nimios como la facilidad con que Lady Marasy se incorpora al equipo de Lord Waxillium y Wayne, o las deducciones prodigiosas de los protagonistas, o la extremada improbabilidad de éxito de los planes que, sin embargo, acaban triunfando. Este libro es fast food para la imaginación y a mi, lo confieso, me gusta visitar de vez en cuando al «rey de las hamburgueserías».

Como demostró en Nacidos en la Bruma, Brandon Sanderson es un escritor de estilo correcto, sin más, pero con un instinto feroz para la trama y una gran habilidad para constuir escenas y situacines que suponen un regalo para la imaginación. The Alloy of Law no puede ser tildado de original, pues lo más original que tiene es su sistema de magia y ya estaba inventado, pero tampoco le hace falta. Brandon Sanderson tiene muy claros sus referentes y su objetivo, y utiliza los primeros con maestría para alcanzar el segundo con éxito absoluto.

El propio autor insistió mucho en que se trataba de una novela independiente y, ciertamente, no hace falta leer la trilogía de Nacidos en la Bruma para disfrutar de ella, pero me gustaría mucho que se decidiera a continuar la aventura de Lord Waxillium y su tropa. He disfrutado mucho leyendo esta novelita que demuestra el buen resultado que puede obtenerse si se saben reciclar con gracia elementos que por si mismos no son demasiado originales. Entretenimiento es lo que propone y lo proporciona a raudales.

[Igual que hicimos la semana pasada con la reseña del Zendegi de Greg Egan, la publicación de la de Aleación de Ley es la traducción de la versión en catalán que escribí cuando la leí y va acompañada de la reseña paralela publicada por Odo en su excelente Sense of Wonder]

 

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Zendegi, de Greg Egan

Zendegi

If we spend all our time gazing at the wonders ahead without remembering where we’re standing right now, we’re going to trip and fall flat on our face, over and over again.

Zendegi es el segundo intento de Greg Egan de cambiar de registro después del fracaso que supuso Teranesia en este sentido. Aunque en este caso solo podamos hablar de éxito parcial no cabe duda de que supone un paso en la buena dirección y el resultado es una novela fallida pero interesante. Egan situa Zendegi en un futuro tan cercano que para nosotros ya es presente y hunde sus raíces firmemente tanto en la actualidad política del Oriente Medio del 2012 imaginado por su autor como en la situación emocional de sus protagonistas: Martin Seymour, periodista australiano enviado como corresponsal a Irán para cubrir unas elecciones especialmente conflictivas; y Nasim Golestani, joven científica iraní exiliada a los Estados Unidos tras la ejecución por disidente de su padre. Ambos protagonistas compartiran el peso de toda la primera parte del libro sin saber el uno del otro, sin más vínculo que su relación con la situación en Irán. El la segunda mitad del libro, sin embargo, las dos historias se entrelazan y el argumento saca buen partido del impulso almacenado hasta entonces sin demasiado virtuosismo, dando pie a un segundo comienzo del libro que se antoja más real que el primero. El principal problema de la novela radica precisamente en esa primera parte que se arrastra sin seducir para establecer las bases de los personajes y del contexto. Egan necesita recurrir a la tragedia para conseguir dar color a sus personajes y cambiar radicalmente el tono de su novela, hasta el punto de que el escritor de la segunda mitad parece otro. Resulta, o eso me parece, que el problema de Egan no es su incapacidad de retratar las emociones, sino su dificultad para integrarlas en la trama de la historia de forma homogénea; cuando se suelta, no obstante, es capaz de hacer saltar las lágrimas. Cuando se adueña del terreno emocional el libro se convierte, casi, en fábula moral y permite que el autor explore una serie de ideas, en un estilo muy propio de él, relacionadas con el duelo, la pérdida, la naturaleza de la identidad y los determinantes de la condición humana. Casi nada. El prisma emocional a través del cual se exploran estas ideas les confiere un “suplemento de realismo” que hace difícil (si conseguimos llegar a este punto) abandonar la lectura.

El punto fuerte de Greg Egan siempre ha sido su capacidad para integrar en sus historias las descripciones y explicaciones tecnológicas más complejas sin perder por eso la capacidad de seducción o, incluso, la belleza de sus textos. Es un escritor inimitable cuando se trata de desafiar o estimular al intelecto dando vida a las teorías científicas más complicadas. Egan siempre se ha esforzado, en muchas ocasiones con éxito, en ilustrar el impacto de la ciencia y la tecnología sobre nuestra percepción de la realidad y, en definitiva, sobre nuestra conciencia. En esta novela, situada en un futuro mucho más próximo de lo que es habitual en su autor, el conficto fundamental es el del padre que sabe que su fecha de caducidad está próxima y decide construir para su hijo (ya huérfano de madre) una especie de ángel guardián tecnológico, basado en la personalidad paterna, que le sirva de apoyo durante los años que le quedan hasta llegar a la edad adulta. La situación de la historia en el futuro cercano de un país com Irán es un recurso dirigido, sin duda, al lector occidental, al que aporta una distancia cultural adicional sobre la que reflexionar acerca de las implicaciones más espirituales de la tecnología propuesta por Egan en la novela.

Siempre he disfrutado con las novelas de Greg Egan y creo que sabe sacar muco partido de sus (notables) limitaciones como escritor, pero esta es la primera vez que he tenido la sensación de que a la obra le faltaba “tiempo de cocina” para consolidar la atmosfera y el argumento de la historia. Aunque esta situación se resuelve por completo en la segunda parte de la novela (y afortunadamente es la más extensa), la necesidad de conseguir que los protagonistas alcancen una situación emocional e histórica concreta desde la cual solucionar sus conflictos está ejecutada de forma más bien pedestre, y lastra el ritmo y la solidez del libro. Los personajes se hubieran entendido igual de bien, quizás con mayor interés, en una novela más breve que comenzara directamente en la segunda parte, al nivel de lo mejor de su autor. Como acostumbra, Egan siembra la historia de pequeñas simetrías y juegos de espejos que aumentan su atractivo. El desenlace, más radical de lo que pueda parece en un primer momento, tiene connotaciones humanistas que no suelen estar presentes en las obras de este autor, que en sus últimas novelas ha tendido a la abstracción. Más allá del mero papel de la tecnología, lo que Zendegi oculta en su interior es una hermosa reflexión sobre la aceptación de la muerte y el deseo de dejar tras nuestro algo que persista, desde un punto de vista ateo y racional que a mi me resulta muy atractivo.
Aunque se trata de un libro recomendable independientemente de la afinidad del lector hacia la ciencia ficción, los lectores que no conozcan a este interesante autor harán mejor acercándose a Permutation City (“Ciudad Permutación”) o Quarantine (“Cuarentena”). Ambos son libros asequibles que despejan cualquier duda acerca de la importancia de Greg Egan como rompedor de fronteras dentro del género. O aún mejor, buscad sus espectaculares antologías de relatos cortos Axiomatic (“Axiomático”) o Luminous (“Luminoso”) y experimentad la maravilla ante lo que es capaz de conseguir este autor. No obstante, este libro, rara avis dentro de la producción de Greg Egan, es una muy buena lectura en la que el autor demuestra que todavía tiene muchas historias que explicar y la inquietud de explorar nuevos territorios, aunque el resultado sea mejor en otras de sus obras.

PS. Esta reseña apareció originalmente en catalán en La Ludoteca de Ilium. La publicación de Zendegi en español gracias a Bibliópolis, sumada a la propuesta de Elías en Sense of Wonder de sacar nuestras reseñas simultáneamente, me ha llevado a traducirla (casi os diría adaptarla) al español para vuestro disfrute. Para leer la reseña de Elías haced clic aqui.

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As I Lay Dying, de William Faulkner

As I Lay Dying

“When something is new and hard and bright, there ought to be something a little better for it than just being safe, since the safe things are just the things that folks have been doing so long they have worn the edges off and there’s nothing to the doing of them that leaves a man to say, That was not done before and it cannot be done again.”

Reseñar una novela que te desborda es un reto insuperable. ¿Cómo reflejar, en pocos párrafos y sin demasiados recursos críticos, la complejidad y los múltiples niveles de lectura de un libro como el As I Lay Dying (Mientras Agonizo en su edición en español) de William Faulkner? Sabiendo que me enfrento al fracaso y sin ningún temor me lanzo a desbarrar.

A pesar de su brevedad se trata de un libro complejo, vivo y de múltiples niveles de lectura. La intuición que tiene Faulkner para el uso del lenguaje y para la evocación es impresionante. En As I Lay Dying consigue estremecer sin que el lector sea capaz de señalar con concreción el origen de su inquietud. Faulkner retrata a una familia del Mississippi de los años 30, lanzada contra viento y marea hacia el cumplimiento del deseo que es mitad venganza, de la madre que agoniza, de ser enterrada junto a sus parientes en un cementerio situado en un pueblo vecino que bien podría estar a medio mundo de distancia dado el infortunio que complicará la tarea. Dirigidos por un padre que dedica un esfuerzo mayor a no mover un dedo que el que necesitaría para solucionar sus problemas por él mismo, la familia Bundren se nos muestra como un núcleo disfuncional en el que únicamente el enfrentamiento contra el mundo es mayor que los enfrentamientos entre ellos.

La combinación de las técnicas de flujo de la conciencia (ejecutado con virtuosismo por el autor), múltiples puntos de vista y narración en primera persona da lugar a una narración potente y perturbadora en la que cada personaje, especialmente los miembros de la familia Bundren, monstruosamente humanos en su condición de caricaturas faltas de realismo y paradójicamente auténticas, parece ir por libre, unidos entre si solo por el vínculo de una madre presente casi solo a través de la ausencia. Esta paradoja, exacerbada en el escaso naturalismo de la prosa de Faulkner, es uno de los rasgos más característicos de esta novela. En cierta manera demuestra como retratar la vida (o “algo que es verdad”, por decirlo de algún modo) a través de un estilo que se aleja tanto de la realidad del pensamiento cotidiano. ¿Cómo se puede dar esa sensación de espontaneidad, de flujo sin obstáculos del lenguaje, con un vocabulario tan cultista y una prosa tan elusiva como la de Faulkner? Tal vez tenga que ver con el origen de la novela, escrita según su autor a lo largo de seis semanas febriles y sin ningún tipo de revisión posterior. La novela se resiste a la interpretación (de este lector, al menos) y deja sin aliento cuando se sumerge en el surrealismo del pensamiento, casi mágico, de algunos de los personajes, especialmente de los más jóvenes. Es un acto de equilibrismo que consigue evocar esa sensación de estar a punto de entender, de lo tengo en la punta de la lengua, veo un destello de sentido, pero que luego desborda a través de imágenes que evocan sensaciones potentes pero comprensión ninguna hasta alcanzar un final que, naturalmente, solo podía ser una catarsis.

Cada uno de los personajes, cada una de las voces que aparecen en la novela merecería un análisis por separado que llenaría más páginas que las que pretendo escribir en esta breve reseña. Si Joyce se dedicaba a jugar con el estilo de capítulo en capítulo en su famoso corte de mangas al mundo, Faulkner, mucho más sobrio pero más que probablemente emparentado con el maestro (y escribiendo esto, buscando información sobre libro y autor, he aprendido que el “As I Lay Dying” del título tiene su origen, precisamente, en La Odisea de Homero, reafirmando mis sospechas iniciales), opta por cambiar de registro personaje a personaje y vincula sus necesidades de estilo a la psicología de cada uno de ellos para darles personalidad, profundidad y, especialmente, una individualidad claustrofóbica.

Me quito el sombrero ante un libro para el cual no hay estrellas suficientes en el firmamento.

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