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Concurso de Reseñas de “Libros y Literatura”: ¡Todos a votar!

En la entrada anterior os anunciaba la participación de La Biblioteca de Ilium en el concurso de reseñas organizado desde la web Libros y Literatura. Hoy os anuncio que el período de votaciones lleva algunos días abierto y os animo a votar la reseña con la que participé (la de Narrenturm, de Andrzej Sapkowski, editado por Alamut Ediciones.).

Para votar solo tenéis que clicar aquí y seguir las instrucciones (creo que hay que hacerse amigo de la página o darle al gustar).

También os recuerdo que por el mero hecho de votar entraréis en el sorteo de 10 lotes de cinco libros, así que participar puede tener efectos colaterales muy positivos. El período de votación va desde el pasado 10 de diciembre hasta el 1 de enero de 2013.

¡El bibliotecario de La Biblioteca de Ilium os da las gracias por adelantado!

 

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Concurso de Reseñas de “Libros y Literatura”: Narrenturm, de Andrzej Sapkowski

Aunque no hace mucho que habéis podido leer (¿osaré decir disfrutar? No, no osaré) esta reseña, hoy la publico de nuevo para participar en el concurso de reseñas organizado desde la web Libros y Literatura. A todos aquellos que tengáis un blog dedicado a los libros o en el que publiquéis reseñas os animo a participar. Podéis acceder a las reglas del concurso clicando en el banner inferior, debajo del cual encontraréis la reseña de Narrenturm, de Andrzej Sapkowski, editado por Alamut Ediciones.

 

Narrenturm (Trilogía husita #1)

El fin del mundo no llegó en el Año del Señor de 1420, aunque señales muchas hubo de que así había de ser.

No se consumaron las aciagas profecías de los chiliastas que preveían con asaz precisión —para el año 1420, en el mes de febrero, en lunes, Santa Escolástica— la llegada del Fin. Mas pasó el lunes, vino el martes y tras él el miércoles, y nada. No llegó el Día del Castigo y la Venganza que había de anteceder a la llegada del Reino de Dios. No se liberó de sus prisiones al satán, aunque habían pasado mil años, y no salió éste para embaucar a las naciones de las cuatro esquinas de la Tierra. No murieron todos los pecadores del mundo ni los enemigos de Dios a causa de espada, fuego, hambre, granizo, de colmillo de bestia, de aguijón de escorpión o veneno de sierpe. En vano esperaron los fieles la llegada del Mesías en los montes Tabor, Carnero, Oreb, Sión y en el de los Olivos, en vano esperaron la nueva venida de Cristo las quinque civitates, las cinco ciudades escogidas que anunciaban las profecías de Isaías y por las cuales se tuvo a Pilsen, Klatovy, Louny, Slany y Zatec. No llegó el fin del mundo. El mundo no sucumbió ni estalló. Por lo menos no todo.

Y aún así se montó una buena

Narrenturm, la primera entrega de la Trilogía Husita, no es una lectura fácil, ni por el lenguaje ni por la densidad de la información que contiene sobre la revolución Husita en el siglo XV. De hecho, el libro debería venir con una advertencia: “No te desesperes con la introducción”. El tono despeja cualquier duda de que el sudor frío es exactamente lo que Sapkowski pretendía provocar con sus primeras páginas, pues las siembra con una densidad de nombres propios de sonoridad centroeuropea (es decir, impronunciables y difíciles de memorizar) y acontecimientos históricos capaz de amilanar al más pintado. Afortunadamente, y a pesar de que la novela condensa mucha información y en ocasiones es inevitable volver atrás para refrescar algún episodio, el texto enseguida adquiere un ritmo de trote con arranques de galope y hace muy difícil abandonar su lectura.

Este libro es una novela desconcertante y que evite el naufragio es el mejor testimonio posible de la habilidad de Sapwkowski como novelista. Las coincidencias inverosímiles y las salidas de tono parecen la materia prima de una historia que se regocija en el artificio y bebe de la tradición fantástica europea, repleta de brujas, duendes, criaturas del bosque y una inquisición más terrible que todo lo que persigue. Seguro que habéis leído libros que os han hecho pensar que el escritor lo tenía todo planeado desde el principio o, al contrario, que cuando se sentó a teclear no tenía ni idea de por donde le llevarían los antojos de las musas: con Narrenturm soy incapaz de pronunciarme. La planificación es evidente al nivel más general de la trama, pero la increíble energía que la propulsa de huída hacia adelante a huída hacia adelante parece fruto de una imaginación febril difícil de someter a la disciplina de un esquema previo. Esa vitalidad, combinada con el (sucio) detallismo maníaco con el que el autor describe la historia y el entorno, convierten la lectura de Narrenturm en una experiencia inmersiva al alcance de pocos escritores. Per si hablamos de la capacidad de inmersión del libro es inevitable referirse la traducción de Jose maría Faraldo, capaz de reproducir un lenguaje forzado en su sintaxis y en su léxico que trata de evocar la sonoridad y la forma de hablar de otras épocas. La traducción de Faraldo representa uno de aquellos casos en los que opinar sin ser filólogo es pecar de incauto. Yo no soy filólogo y sí incauto, pero reconozco que es fácil que lo que para mi es virtud para otro sea un defecto o, al menos, un obstáculo. Narrenturm es un libro que impone su propio ritmo de lectura, que obliga al lector a aminorar el paso para atravesar su cuello de botella lingüístico y examinar con detenimiento cada frase y cada palabra, cada arcaísmo, cada latinajo, cada delicioso vulgarismo que, sumados, convierten el artificio en pirotecnia de explosión lenta y despliegue pausado. Si os gustan las lecturas vertiginosas este NO es vuestro libro, a pesar de su carácter es aventurero y los acontecimientos se suceden sin pausa dando lugar a una “road movie” medieval de sorprendentes inmediatez y vivacidad. Otro de los aspectos peculiares de la novela tiene relación con sus protagonistas, tanto el principal (Reinmar de Bielau, conocido como Reynevan) como los secundarios (Scharley el monje-delincuente,  el enigmático Sansón Mieles, Urban Horn el espía o la valerosa Nicoletta). La interacción entre los tres primeros, especialmente, le da un carácter especial a la historia gracias a la lealtad un tanto inverosímil que les une. El contraste entre la ingenuidad y el idealismo de Reynevan, el cinismo antisocial de Scharley y la sabiduría casi extraterrenal de Sansón Mieles les convierte en un magnífico equipo cuya dinámica responde a una fórmula cómica sencilla que se adapta bien al componente de comedia de la historia: Reynevan se mete en líos, habitualmente de faldas, y Scharley y Sansón le rescatan. Esta dinámica se ajusta bien al carácter de comedia. De hecho son estos elementos (lenguaje, escenario, contexto, personajes) los que actúan de motor de la historia, pues Sapkowski renuncia a la estructura convencional de planteamiento-nudo-desenlace y, desde las primeras líneas, construye un enorme nudo que puede resultar un poco apabullante.

La Europa en la que transcurre Narrenturm se diferencia de la nuestra en que la magia es real (no, no creo en la magia…). Si existen otras diferencias respecto a la historia oficial a mi se me escapan. Estamos hablando de una magia arraigada en el folklore, de hechizos construidos a base de hierbajos y encantamientos en latín o lenguas muertas, dominio de brujos y brujas cuya queja es que “cada vez hay menos de nosotros” y que se prestan ayuda en el ocaso de su submundo lisérgico. Es la historia de la aparición de un nuevo orden que, a su vez, se promete mutable, basado en el control férreo de las creencias de la población por parte de una iglesia más cercana a las supersticiones que persigue que a la tecnología incipiente que guarda en su interior la capacidad de liberar al vulgo, aunque sea para saltar de la sartén a las brasas. Sirva como ejemplo la conversación entre Johannes Gutenberg y los protagonistas acerca de su nuevo invento: La imprenta:

—Perdón. —El gigante extendió las manos—. No pude evitar caer en la tentación… Siendo, lo queramos o no, testigos de un hallazgo que cambiará la faz de la época.

—¡Ja! —El rostro de Gutenberg se iluminó, como todo artista gustoso del halago, aunque fuera emitido por un ogro de aspecto idiota cuya cabeza alcanzaba el techo—. ¡Así será precisamente! ¡Y no de otro modo! ¡Porque imaginaos, nobles señores, libros doctos a decenas, y puede que alguna vez, por mucho que hoy suene ridículo, hasta en centenas! ¡Sin tener que copiarlos cansinamente y durante largos años! ¡La sabiduría humana impresa y accesible! ¡Sí, sí! Y si vos, nobles señores, apoyáis mi hallazgo, os prometo que precisamente vuestra villa, la hermosa Swidnica, será famosa por todos los siglos de los siglos como el lugar en el que se encendió la lámpara de la ciencia. Como lugar desde el que la ciencia se extendió a todo el mundo.

—Ciertamente —enunció al cabo Sansón Mieles con su voz amable y tranquila—. Lo veo con los ojos del espíritu. Una producción masiva de papel densamente cubierto de letras. Cada papel en cientos, y algún día, por muy ridículo que hoy suene esto, puede que hasta en miles de ejemplares. Todo reproducido multitud de veces y de fácil acceso. Mentiras, habladurías, calumnias, pasquines, denuncias, falsa propaganda y demagogia halagando al populacho. Toda maldad ennoblecida, toda nimiedad oficializada, toda mentira hecha verdad. Toda porquería, virtud; todo innoble extremo, revolución progresista; todo ocioso eslogan, sabiduría; toda bagatela, valores. Toda estupidez, reconocida; todo idiota, coronado. Porque todo estará impreso. Está en el papel, así que tiene poder, así que es de obligado cumplimiento. Fácil será comenzar esto, señor Gutenberg. Y desarrollarlo. ¿Mas detenerlo?

—Dudo que exista la necesidad —intervino Scharley con seriedad—. Siendo como soy más realista que tú, Sansón, no le auguro tanta popularidad al invento. E incluso si se llegara de hecho al resultado por ti profetizado, habrá cómo detenerlo. De modo simple como un cubo. De la forma más común y corriente, se creará un índice de libros prohibidos.

Gutenberg, quien no hacía mucho estaba radiante, se apagó. Tanto que a Reynevan le dio pena.

—No le auguráis entonces a mi hallazgo futuro alguno —afirmó al cabo con voz de ultratumba—. Con verdadero entusiasmo de inquisidor perseguisteis su lado más oscuro. E igualmente como inquisidores menospreciasteis sus más claras virtudes. Luminosas. Las más luminosas. Puesto que también se podrá imprimir y de este modo propagar con amplitud la Palabra de Dios. ¿Qué respondéis a ello?

—Respondemos —los labios de Scharley se torcieron en una sonrisilla burlona— como los inquisidores. Como los padres conciliares. ¿Qué, señor Gutenberg, que no sabéis qué es lo que proclamaron en lo tocante a esto los padres conciliares? La sacra pagina ha de ser privilegio de los clérigos, puesto que sólo ellos son capaces de entenderla. Fuera de ella las zarpas de los seglares.

—Os burláis.

Reynevan también pensaba lo mismo. Porque Scharley, al seguir hablando, no escondió ni su sonrisa burlona ni su tono irónico.

—A los seglares, incluso a aquéllos que muestran un punto de razón, les basta con los sermones, las lecciones, el evangelio del domingo, las citas, cuentos y moralidades. Y aquéllos completamente pobres de espíritu habrán de conocer las Escrituras con teatrillos, milagros, pasiones y vía crucis, cantando laudes y mirando las imágenes y las esculturas de las iglesias. ¿Y vos queréis imprimir las Sagradas Escrituras y dárselas al vulgo? ¿Y puede incluso que hasta traducida del latín a la lengua vulgar? ¿Para que todo el mundo pueda leerla e interpretarla a su modo? ¿Querríais que se llegara a ello?

—No tengo que quererlo en absoluto —respondió Gutenberg con serenidad—. Porque a ello ya se ha llegado. Y no muy lejos de aquí. En Bohemia. Y sea como sea como vaya discurriendo la historia, nada cambiará ya el hecho ni sus consecuencias. Lo queráis o no, estamos a las puertas de una reforma.

Y todo ello aderezado con el sentido del humor, me dicen que característico, de Andrezj Sapkowski, que combina la sutileza con la zafiedad y la escatología y consigue arrancar del lector las más grandes carcajadas. Entiéndaseme: el humor, oscuro, que impregna al libro es algo tan esencial, tan inherente a su mensaje de escepticismo y relativismo acerca de la naturaleza del progreso de la civilización, que no podría entenderse la novela sin él. Está en su médula desde su propio título, Narrenturm, “La Torre de los Locos”, ese edificio antiguo en el que se encerraban a los enfermos mentales y que funciona como metáfora, no sé si de la Silesia del S. XV o del conjunto de la Historia, pero que en cualquier caso captura muy bién la esencia de esta historia.

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Narrenturm, de Andrzej Sapkowski

[Le agradezco a la editorial Alamut la cortesía de enviarme un ejemplar del libro para reseñarlo en La Biblioteca de Ilium]

Narrenturm (Trilogía husita #1)

El fin del mundo no llegó en el Año del Señor de 1420, aunque señales muchas hubo de que así había de ser.

No se consumaron las aciagas profecías de los chiliastas que preveían con asaz precisión —para el año 1420, en el mes de febrero, en lunes, Santa Escolástica— la llegada del Fin. Mas pasó el lunes, vino el martes y tras él el miércoles, y nada. No llegó el Día del Castigo y la Venganza que había de anteceder a la llegada del Reino de Dios. No se liberó de sus prisiones al satán, aunque habían pasado mil años, y no salió éste para embaucar a las naciones de las cuatro esquinas de la Tierra. No murieron todos los pecadores del mundo ni los enemigos de Dios a causa de espada, fuego, hambre, granizo, de colmillo de bestia, de aguijón de escorpión o veneno de sierpe. En vano esperaron los fieles la llegada del Mesías en los montes Tabor, Carnero, Oreb, Sión y en el de los Olivos, en vano esperaron la nueva venida de Cristo las quinque civitates, las cinco ciudades escogidas que anunciaban las profecías de Isaías y por las cuales se tuvo a Pilsen, Klatovy, Louny, Slany y Zatec. No llegó el fin del mundo. El mundo no sucumbió ni estalló. Por lo menos no todo.

Y aún así se montó una buena

Narrenturm, la primera entrega de la Trilogía Husita, no es una lectura fácil, ni por el lenguaje ni por la densidad de la información que contiene sobre la revolución Husita en el siglo XV. De hecho, el libro debería venir con una advertencia: “No te desesperes con la introducción”. El tono despeja cualquier duda de que el sudor frío es exactamente lo que Sapkowski pretendía provocar con sus primeras páginas, pues las siembra con una densidad de nombres propios de sonoridad centroeuropea (es decir, impronunciables y difíciles de memorizar) y acontecimientos históricos capaz de amilanar al más pintado. Afortunadamente, y a pesar de que la novela condensa mucha información y en ocasiones es inevitable volver atrás para refrescar algún episodio, el texto enseguida adquiere un ritmo de trote con arranques de galope y hace muy difícil abandonar su lectura.

Este libro es una novela desconcertante y que evite el naufragio es el mejor testimonio posible de la habilidad de Sapwkowski como novelista. Las coincidencias inverosímiles y las salidas de tono parecen la materia prima de una historia que se regocija en el artificio y bebe de la tradición fantástica europea, repleta de brujas, duendes, criaturas del bosque y una inquisición más terrible que todo lo que persigue. Seguro que habéis leído libros que os han hecho pensar que el escritor lo tenía todo planeado desde el principio o, al contrario, que cuando se sentó a teclear no tenía ni idea de por donde le llevarían los antojos de las musas: con Narrenturm soy incapaz de pronunciarme. La planificación es evidente al nivel más general de la trama, pero la increíble energía que la propulsa de huída hacia adelante a huída hacia adelante parece fruto de una imaginación febril difícil de someter a la disciplina de un esquema previo. Esa vitalidad, combinada con el (sucio) detallismo maníaco con el que el autor describe la historia y el entorno, convierten la lectura de Narrenturm en una experiencia inmersiva al alcance de pocos escritores. Per si hablamos de la capacidad de inmersión del libro es inevitable referirse la traducción de Jose maría Faraldo, capaz de reproducir un lenguaje forzado en su sintaxis y en su léxico que trata de evocar la sonoridad y la forma de hablar de otras épocas. La traducción de Faraldo representa uno de aquellos casos en los que opinar sin ser filólogo es pecar de incauto. Yo no soy filólogo y sí incauto, pero reconozco que es fácil que lo que para mi es virtud para otro sea un defecto o, al menos, un obstáculo. Narrenturm es un libro que impone su propio ritmo de lectura, que obliga al lector a aminorar el paso para atravesar su cuello de botella lingüístico y examinar con detenimiento cada frase y cada palabra, cada arcaísmo, cada latinajo, cada delicioso vulgarismo que, sumados, convierten el artificio en pirotecnia de explosión lenta y despliegue pausado. Si os gustan las lecturas vertiginosas este NO es vuestro libro, a pesar de su carácter es aventurero y los acontecimientos se suceden sin pausa dando lugar a una “road movie” medieval de sorprendentes inmediatez y vivacidad. Otro de los aspectos peculiares de la novela tiene relación con sus protagonistas, tanto el principal (Reinmar de Bielau, conocido como Reynevan) como los secundarios (Scharley el monje-delincuente,  el enigmático Sansón Mieles, Urban Horn el espía o la valerosa Nicoletta). La interacción entre los tres primeros, especialmente, le da un carácter especial a la historia gracias a la lealtad un tanto inverosímil que les une. El contraste entre la ingenuidad y el idealismo de Reynevan, el cinismo antisocial de Scharley y la sabiduría casi extraterrenal de Sansón Mieles les convierte en un magnífico equipo cuya dinámica responde a una fórmula cómica sencilla que se adapta bien al componente de comedia de la historia: Reynevan se mete en líos, habitualmente de faldas, y Scharley y Sansón le rescatan. Esta dinámica se ajusta bien al carácter de comedia. De hecho son estos elementos (lenguaje, escenario, contexto, personajes) los que actúan de motor de la historia, pues Sapkowski renuncia a la estructura convencional de planteamiento-nudo-desenlace y, desde las primeras líneas, construye un enorme nudo que puede resultar un poco apabullante.

La Europa en la que transcurre Narrenturm se diferencia de la nuestra en que la magia es real (no, no creo en la magia…). Si existen otras diferencias respecto a la historia oficial a mi se me escapan. Estamos hablando de una magia arraigada en el folklore, de hechizos construidos a base de hierbajos y encantamientos en latín o lenguas muertas, dominio de brujos y brujas cuya queja es que “cada vez hay menos de nosotros” y que se prestan ayuda en el ocaso de su submundo lisérgico. Es la historia de la aparición de un nuevo orden que, a su vez, se promete mutable, basado en el control férreo de las creencias de la población por parte de una iglesia más cercana a las supersticiones que persigue que a la tecnología incipiente que guarda en su interior la capacidad de liberar al vulgo, aunque sea para saltar de la sartén a las brasas. Sirva como ejemplo la conversación entre Johannes Gutenberg y los protagonistas acerca de su nuevo invento: La imprenta:

—Perdón. —El gigante extendió las manos—. No pude evitar caer en la tentación… Siendo, lo queramos o no, testigos de un hallazgo que cambiará la faz de la época.

—¡Ja! —El rostro de Gutenberg se iluminó, como todo artista gustoso del halago, aunque fuera emitido por un ogro de aspecto idiota cuya cabeza alcanzaba el techo—. ¡Así será precisamente! ¡Y no de otro modo! ¡Porque imaginaos, nobles señores, libros doctos a decenas, y puede que alguna vez, por mucho que hoy suene ridículo, hasta en centenas! ¡Sin tener que copiarlos cansinamente y durante largos años! ¡La sabiduría humana impresa y accesible! ¡Sí, sí! Y si vos, nobles señores, apoyáis mi hallazgo, os prometo que precisamente vuestra villa, la hermosa Swidnica, será famosa por todos los siglos de los siglos como el lugar en el que se encendió la lámpara de la ciencia. Como lugar desde el que la ciencia se extendió a todo el mundo.

—Ciertamente —enunció al cabo Sansón Mieles con su voz amable y tranquila—. Lo veo con los ojos del espíritu. Una producción masiva de papel densamente cubierto de letras. Cada papel en cientos, y algún día, por muy ridículo que hoy suene esto, puede que hasta en miles de ejemplares. Todo reproducido multitud de veces y de fácil acceso. Mentiras, habladurías, calumnias, pasquines, denuncias, falsa propaganda y demagogia halagando al populacho. Toda maldad ennoblecida, toda nimiedad oficializada, toda mentira hecha verdad. Toda porquería, virtud; todo innoble extremo, revolución progresista; todo ocioso eslogan, sabiduría; toda bagatela, valores. Toda estupidez, reconocida; todo idiota, coronado. Porque todo estará impreso. Está en el papel, así que tiene poder, así que es de obligado cumplimiento. Fácil será comenzar esto, señor Gutenberg. Y desarrollarlo. ¿Mas detenerlo?

—Dudo que exista la necesidad —intervino Scharley con seriedad—. Siendo como soy más realista que tú, Sansón, no le auguro tanta popularidad al invento. E incluso si se llegara de hecho al resultado por ti profetizado, habrá cómo detenerlo. De modo simple como un cubo. De la forma más común y corriente, se creará un índice de libros prohibidos.

Gutenberg, quien no hacía mucho estaba radiante, se apagó. Tanto que a Reynevan le dio pena.

—No le auguráis entonces a mi hallazgo futuro alguno —afirmó al cabo con voz de ultratumba—. Con verdadero entusiasmo de inquisidor perseguisteis su lado más oscuro. E igualmente como inquisidores menospreciasteis sus más claras virtudes. Luminosas. Las más luminosas. Puesto que también se podrá imprimir y de este modo propagar con amplitud la Palabra de Dios. ¿Qué respondéis a ello?

—Respondemos —los labios de Scharley se torcieron en una sonrisilla burlona— como los inquisidores. Como los padres conciliares. ¿Qué, señor Gutenberg, que no sabéis qué es lo que proclamaron en lo tocante a esto los padres conciliares? La sacra pagina ha de ser privilegio de los clérigos, puesto que sólo ellos son capaces de entenderla. Fuera de ella las zarpas de los seglares.

—Os burláis.

Reynevan también pensaba lo mismo. Porque Scharley, al seguir hablando, no escondió ni su sonrisa burlona ni su tono irónico.

—A los seglares, incluso a aquéllos que muestran un punto de razón, les basta con los sermones, las lecciones, el evangelio del domingo, las citas, cuentos y moralidades. Y aquéllos completamente pobres de espíritu habrán de conocer las Escrituras con teatrillos, milagros, pasiones y vía crucis, cantando laudes y mirando las imágenes y las esculturas de las iglesias. ¿Y vos queréis imprimir las Sagradas Escrituras y dárselas al vulgo? ¿Y puede incluso que hasta traducida del latín a la lengua vulgar? ¿Para que todo el mundo pueda leerla e interpretarla a su modo? ¿Querríais que se llegara a ello?

—No tengo que quererlo en absoluto —respondió Gutenberg con serenidad—. Porque a ello ya se ha llegado. Y no muy lejos de aquí. En Bohemia. Y sea como sea como vaya discurriendo la historia, nada cambiará ya el hecho ni sus consecuencias. Lo queráis o no, estamos a las puertas de una reforma.

Y todo ello aderezado con el sentido del humor, me dicen que característico, de Andrezj Sapkowski, que combina la sutileza con la zafiedad y la escatología y consigue arrancar del lector las más grandes carcajadas. Entiéndaseme: el humor, oscuro, que impregna al libro es algo tan esencial, tan inherente a su mensaje de escepticismo y relativismo acerca de la naturaleza del progreso de la civilización, que no podría entenderse la novela sin él. Está en su médula desde su propio título, Narrenturm, “La Torre de los Locos”, ese edificio antiguo en el que se encerraban a los enfermos mentales y que funciona como metáfora, no sé si de la Silesia del S. XV o del conjunto de la Historia, pero que en cualquier caso captura muy bién la esencia de esta historia.

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Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Pedro Páramo (Letras Hispánicas, #189)

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

No a todos los libros se llega por el mismo camino ni todos los encaramos sin equipaje. Hace ya mucho que Pedro Páramo ocupa un lugar en el estante abstracto de Grandes Obras de la Literatura que mantengo, abarrotado, en mi cabeza. Lo difícil es salir de ese estante, no entrar en él. Si Pedro Páramo ha obtenido un billete de salida del Estante de las Telarañas ha sido gracias a las recomendaciones de una serie de personas en cuyo criterio confío no a ciegas, sino después de comprobar repetidamente que la razón les acompaña. Vosotras sabéis quienes sois, personitas anónimas, y sabed también que os debo mi gratitud por descubrirme esta joya de la que me dispongo a hablar.

Lo que Juan Rulfo hace con Pedro Páramo es cartografiar un espacio onírico surgido directamente de la historia de México. Es un texto triste y de interpretación elusiva, embebido en poesía de una belleza imposible de describir sin remitir a la novela misma. Es un libro doloroso, tanto más por no dar respuesta definitiva a los muchos enigmas que lo pueblan. Deja heridas abiertas que no permiten olvidar, que modifican el recuerdo de lo leído y lo catapultan al territorio de lo mítico que debe ser revisitado.

En Pedro Páramo encontramos dos narraciones, la de Juan Preciado en su lenta disolución en el surrealismo de Cómala buscando al padre al que nunca conoció y la historia de Pedro Páramo, padre de Juan, cacique y criminal durante la Revolución Mexicana y la primera Guerra Cristera durante el primer tercio del siglo XX. Ambas ramas están conectadas por los retazos de historia de una serie de personajes que habitan los dos momentos y que se transforman, en la transición entre los dos, en personajes que más vivos parecen cuanto más se alejan de su tiempo.

En Comala, situado “sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno“, Juan Preciado nos habla de su búsqueda en primera persona, en las que son las partes más líricas y sensoriales de la novela, mientras aprende a través de las explicaciones de los habitantes la historia llena de sangre y muerte de su padre, un pasado cruel que pone en entredicho la posibilidad de un futuro mejor. Es una estructura voraginosa sin equilibrio y a contratiempo, sin simetría pero llena de ecos y resonancias entre sus muchos niveles de lectura. El efecto, e intuyo que de él obtiene Pedro Páramo su gran poder sobre la imaginación, es el de un espacio vastísimo que se oculta entre líneas y las trasciende, imposible de ignorar aunque no seamos capaces de percibirlo con precisión. No sabemos si ese espacio está en el libro, a nuestras espaldas o, podemos sospechar, en nuestro interior. Con este librito tan corto Juan Rulfo consiguió crear un instrumento capaz de sondear al que lo lee y descubrir nuevos territorios en su interior, algo que está al alcance de muy pocos escritores

Me cuesta hablar de este libro. Como me sucedió al describir mi lectura del As I Lay Dying de William Faulkner me encuentro falto de recursos para reseñar al libro como se merece. Me veo obligado a forzar mis recursos retóricos, a suplir con alusiones inadecuadas mi incapacidad para tratar de convencer, sin revelar demasiado, de la necesidad de leer este libro. De realizar el esfuerzo (no es nimio) que exige su lectura. El premio, que yo no he recogido todavía, tampoco es nimio: la posibilidad de releerlo con la esperanza de no acabar en Comala.

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As I Lay Dying, de William Faulkner

As I Lay Dying

“When something is new and hard and bright, there ought to be something a little better for it than just being safe, since the safe things are just the things that folks have been doing so long they have worn the edges off and there’s nothing to the doing of them that leaves a man to say, That was not done before and it cannot be done again.”

Reseñar una novela que te desborda es un reto insuperable. ¿Cómo reflejar, en pocos párrafos y sin demasiados recursos críticos, la complejidad y los múltiples niveles de lectura de un libro como el As I Lay Dying (Mientras Agonizo en su edición en español) de William Faulkner? Sabiendo que me enfrento al fracaso y sin ningún temor me lanzo a desbarrar.

A pesar de su brevedad se trata de un libro complejo, vivo y de múltiples niveles de lectura. La intuición que tiene Faulkner para el uso del lenguaje y para la evocación es impresionante. En As I Lay Dying consigue estremecer sin que el lector sea capaz de señalar con concreción el origen de su inquietud. Faulkner retrata a una familia del Mississippi de los años 30, lanzada contra viento y marea hacia el cumplimiento del deseo que es mitad venganza, de la madre que agoniza, de ser enterrada junto a sus parientes en un cementerio situado en un pueblo vecino que bien podría estar a medio mundo de distancia dado el infortunio que complicará la tarea. Dirigidos por un padre que dedica un esfuerzo mayor a no mover un dedo que el que necesitaría para solucionar sus problemas por él mismo, la familia Bundren se nos muestra como un núcleo disfuncional en el que únicamente el enfrentamiento contra el mundo es mayor que los enfrentamientos entre ellos.

La combinación de las técnicas de flujo de la conciencia (ejecutado con virtuosismo por el autor), múltiples puntos de vista y narración en primera persona da lugar a una narración potente y perturbadora en la que cada personaje, especialmente los miembros de la familia Bundren, monstruosamente humanos en su condición de caricaturas faltas de realismo y paradójicamente auténticas, parece ir por libre, unidos entre si solo por el vínculo de una madre presente casi solo a través de la ausencia. Esta paradoja, exacerbada en el escaso naturalismo de la prosa de Faulkner, es uno de los rasgos más característicos de esta novela. En cierta manera demuestra como retratar la vida (o “algo que es verdad”, por decirlo de algún modo) a través de un estilo que se aleja tanto de la realidad del pensamiento cotidiano. ¿Cómo se puede dar esa sensación de espontaneidad, de flujo sin obstáculos del lenguaje, con un vocabulario tan cultista y una prosa tan elusiva como la de Faulkner? Tal vez tenga que ver con el origen de la novela, escrita según su autor a lo largo de seis semanas febriles y sin ningún tipo de revisión posterior. La novela se resiste a la interpretación (de este lector, al menos) y deja sin aliento cuando se sumerge en el surrealismo del pensamiento, casi mágico, de algunos de los personajes, especialmente de los más jóvenes. Es un acto de equilibrismo que consigue evocar esa sensación de estar a punto de entender, de lo tengo en la punta de la lengua, veo un destello de sentido, pero que luego desborda a través de imágenes que evocan sensaciones potentes pero comprensión ninguna hasta alcanzar un final que, naturalmente, solo podía ser una catarsis.

Cada uno de los personajes, cada una de las voces que aparecen en la novela merecería un análisis por separado que llenaría más páginas que las que pretendo escribir en esta breve reseña. Si Joyce se dedicaba a jugar con el estilo de capítulo en capítulo en su famoso corte de mangas al mundo, Faulkner, mucho más sobrio pero más que probablemente emparentado con el maestro (y escribiendo esto, buscando información sobre libro y autor, he aprendido que el “As I Lay Dying” del título tiene su origen, precisamente, en La Odisea de Homero, reafirmando mis sospechas iniciales), opta por cambiar de registro personaje a personaje y vincula sus necesidades de estilo a la psicología de cada uno de ellos para darles personalidad, profundidad y, especialmente, una individualidad claustrofóbica.

Me quito el sombrero ante un libro para el cual no hay estrellas suficientes en el firmamento.

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Embassytown, de China Miéville

Embassytown by China Miéville

“We speak now or I do, and others do. You’ve never spoken before. You will. You’ll be able to say how the city is a pit and a hill and a standard and an animal that hunts and a vessel on the sea and the sea and how we are fish in it, not like the man who swims weekly with fish but the fish with which he swims, the water, the pool. I love you, you light me, warm me, you are suns.
You have never spoken before.”

Me ha llevado bastante escribir esta reseña y aún en el momento de sentarme a escribirla no tengo del todo claro como enfocarla. Si que os puedo decir que este ha sido uno de los libros leídos en 2011 que más me ha gustado y, sin duda, es mi candidato preferido de cara a los Premios Hugo 2012 (aunque tampoco me importaría que ganase el Among Others de Jo Walton). En lo que a mi respecta, la incursión de China Miéville en la ciencia ficción representa un éxito rotundo y le confirma como un escritor contemporáneo de género fantástico a seguir. Vamos a por esa reseña.

Después de un inicio relativamente arduo y opaco que exige cierto grado de persistencia y de fe en que el autor sabe lo que tiene entre manos, Embassytown se convierte en una novela de ciencia ficción perfecta a la que no le se ver ningún defecto. Es probable, mejor decirlo ya, que se trate de uno de esos libros que solo se pueden amar u odiar, sin términos medios (aunque visto desde la distancia el desconcierto puede ser una tercera opción).

El libro transcurre en Arieka, un planeta situado al límite del cosmos conocido y habitado sobretodo por los Ariekei, una especie muy hermética y extraordinariamente dotada para la tecnología (business, business…). En Arieka solo existe una ciudad (Embassytown) preparada para la supervivencia de los humanos, que además es el único lugar del universo en el que existen los Embajadores, humanos modificados con el objetivo de hablar el lenguaje Arieka y comunicarse con la especie dominante del planeta. El único lugar, esto es, hasta que se publica esta novela y… y no quiero hablar más del argumento.

La narradora del libro es Avice Benner Cho, una de las pocas habitantes de Embassytown que ha tenido la oportunidad de visitar otros planetas gracias a su condición de Immerser (navegante del Immer, una especie de subrealidad de difícil navegación que en el universo propuesto por Miéville hace las veces de hiperespacio). Es un personaje que tiende a la indolencia y su resistencia a convertirse en protagonista dificulta un poco empatizar con ella, aunque las circunstancias la meten de lleno (de una forma más literal de lo que quiero expresar aqui para respetar la sensación de maravilla que supone ir desentrañando la madeja de esta historia) en el meollo de la cultura Arieka y no le quedará más remedio que convertirse en nuestra embajadora en el mundo alienígena de Miéville a lo largo de una aventura que reflexiona acerca del lenguaje y de como este influye sobre nosotros y sobre nuestra percepción del mundo.

El libro no está libre de problemas pero estos se acumulan en su primer tercio. El enfoque que tiene Miéville de la literatura fantástica parece ser la inmersión total, sin paracaídas, consejos ni guía de viajes, y eso convierte el primer tramo de la novela en un ejercicio de aprendizaje un tanto arduo que nos exige la asimilación de un nuevo vocabulario y de las normas de comportamiento de una sociedad realmente… extraña. Es un inicio interesante pero poco motivador a lo largo del cual el lector empieza a plantearse la posibilidad de que el libro no esté a la altura de las expectativas y es justo en ese momento en que el impulso de leer flaquea cuando la novela despliega sus alas y nos arrastra a un vuelo de la imaginación que no querremos que termine. Este esfuerzo inicial proporciona el bagaje necesario para embarcar al lector en un nudo y un desenlace de la novela que me parecen magistrales y dignos de contarse entre las mejores páginas que ha proporcionado el genero. ¿Que qué es ciencia ficción, Embassytown? Ciencia ficción eres tuuuuuuuuu…

La atmosfera y la ambientación de la novela son muy característicos de su autor, que no en vano está considerado como uno de los adalides del new weird. Su estilo es barroco y organicista y las imágenes que evoca parecen salidas de la obra de H.R. Giger. Miéville es un estilista con un gran dominio del lenguaje y de las riendas de una imaginación portentosa, que se deleita en lo extraño y en la manipulación de la percepción del mundo. En la práctica eso le convierte en un escritor exigente que tiende a la inaccesibilidad. Su prosa es inteligente y sin concesiones, pero puede resultar irritante si no se entra en su dinámica. No menos importante, la obra de Miéville (y Embassytown especialmente) rebosa ideas sugerentes e imaginativas, y este es una característica menos frecuente de lo que sería de suponer en un género como la ciencia ficción, descrita tantas veces como una “literatura de ideas”. La propuesta que hace China Miéville en Embassytown es tan cautivadora como la de los clásicos más transgresores del género y su calidad literaria es superior a muchos de ellos.

Mi opinión de China Miéville, de quien he leído Perdido Street Station y sus tres últimos libros (The City and The City, Kraken, Embassytown), no puede ser mejor. Le considero, con diferencia, el escritor vivo de ciencia ficción más prometedor y es al que sigo con mayor interés. Ninguna de sus obras que conozco está libre de problemas pero todas ellas merecen contarse entre las mejores novelas del género en sentido amplio y, de hecho, a menudo lo trascienden. El hecho de que casi ninguna de sus novelas se haya traducido al español suscita mi más absoluta estupefacción. Es posible que Embassytown sea su mejor novela hasta la fecha y no puedo sino animaros a leerla. Fue uno de mis libros preferidos en 2011 y es mi candidato ganador para los Hugo 2012.

Matrícula de Honor.

 

Edición reseñada

Embassytown
China Miéville
Macmillan (6 de mayo de 2011)
Versión Kindle

[Una versión en catalán de esta reseña apareció originalmente en la Biblioteca de Ilium en Tumblr. El motivo por el que la vuelvo a publicar traducida es su nominación en los premios Hugo 2012]

P.D. En el blog Pat’s Fantasy Hotlist se publicó una reseña con una visión diametralmente opuesta a la mía, por bien que compartimos algunas apreciaciones. Pat defencía una valoración global negativa y la idea de que la parte realmente interesante de la novela se encuentra en el primer tercio. Aunque está en inglés, la enlazo a título de curiosidad y para proporcionar un punto de vista diferente.

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A Dance With Dragons, de George R.R. Martin

A Dance With Dragons by George R.R. Martin

“Not all men were meant to dance with dragons”

En cuestión de libros no he encontrado nada que se parezca tanto a una droga como la saga de la canción de hielo y fuego de George R.R. Martin (GRRM). Sus libros me hacen perder toda pretensión de perspectiva y no puedo más que dejarme llevar y disfrutar, de forma casi obsesiva, del argumento y las desventuras de los personajes. Me embarga el entusiasmo y me resulta enormemente difícil dar un paso atrás y formarme una opinión más o menos ecuánime del libro, pero voy a intentarlo tratando de no destripar los acontecimientos del libro.

Si habéis leído los libros precedentes sabéis que esta entrega no es tanto la continuación de la anterior (A Feast For Crows (AFFC)/Festín de Cuervos) como su segunda mitad. Si AFFC narraba los acontecimientos que transcurrían en Westeros después de A Storm of Swords (ASOS /Tormenta de Espadas), en A Dance With Dragons (ADWD) sabremos lo que sucedía en aquellos momentos más allá del Muro y al otro lado del Mar Estrecho, aunque llegado un punto el libro continúa la historia más allá de AFFC. Este solapamiento parcial de las cronologías puede resultar algo confuso en algunos momentos, pero en general no da mayores problemas. Esta mitad de la historia, por cierto, es la que sigue a los personajes que me parecen más interesantes.

Tengo la sensación de que, en términos de estilo, GRRM ha evolucionado como escritor libro a libro, aunque la mejora de la prosa se ha visto acompañada de una pérdida relativa de brío narrativo. Muchos de los acontecimientos importantes (y a veces parece que todos lo son) narrados en ADWD suceden entre bastidores y sólo los conoceremos cuando lo haga algún personaje relevante. Es probable que eso sea un rasgo inevitable en una novela que ha acumulado decenas de personajes, incontables líneas argumentales y un nivel de detallismo difícil de describir. La historia ha pasado de centrarse casi por completo en el argumento y la interacción entre personajes a priorizar la vida interior de los personajes y el análisis detallado de periodos cortos de tiempo, y el coste del realismo así obtenido se ha pagado en términos de adrenalina. Es un cambio que comienza con AFFC, el libro de la saga que más se aleja de la novela de aventuras y más interés muestra en el retrato social y en explicar el impacto que tienen la guerra y la ineptitud de los gobernantes sobre el grueso de la población. ADWD se sitúa a medio camino de las dos opciones y recupera buena parte del carácter folletinesco (¿pulp, quizás?) de las primeras novelas sin renunciar a la atención al detalle, la atmósfera y la vida interior de los personajes. Por mucho que se abran algunas subtramas nuevas, en ADWD se comienzan a posicionar las piezas del argumento de cara a un eventual desenlace. No soy tan atrevido como para asegurar que GRRM conseguirá acabar su saga en los dos volúmenes pendientes previstos pero sin duda, por primera vez, se vislumbra una luz al final del túnel.

Este es el quinto volumen de una serie extensa y, consecuentemente, un libro dirigido a los fans de la saga (cada vez más numerosos gracias, en buena parte, al éxito de la magnífica adaptación televisiva de HBO). Los aficionados recibieron con cierta tibieza el volumen anterior (AFFC), en parte por el largo tiempo que tardó en aparecer en los estantes de las librerías y en parte por la discutible decisión de excluir a algunos de los personajes más populares debido a una división de la estructura de la novela algo absurda. Esta tibieza no parece haber influido en lo más mínimo en las enormes expectativas que ha generado la publicación de ADWD, que durante los larguísimos 6 años transcurridos desde la publicación de AFFC no han hecho más que crecer. Para mi ha merecido la pena la espera y puedo decir que me ha gustado más que AFFC (que, a diferencia de tantos, me gustó mucho). Durante las semanas que he tardado en leerlo me he sentido obnubilado e hipnotizado por la historia, ciego a los comentarios negativos que he ido recibiendo a través de twitter (esta ha sido una lectura un poco 2.0). Posiblemente la queja más frecuente que he leído es que durante buena parte del libro pasa más bien poco, y ciertamente hay algo de cierto en esa afirmación. Es una novela de ajustes minúsculos a una enorme maquinaria argumental construida a lo largo de cinco novelas extensas y, necesariamente, se aparta a menudo del meollo de la acción. En cualquier caso el aburrimiento no me ha enseñado en ningún momento su rostro gris y opino que GRRM da muestras de un pulso narrativo y de una capacidad de ingeniería narrativa brutales. Creo sinceramente justificado el largo tiempo que le ha llevado escribir este libro. Nunca me ha resultado fácil valorar el mérito literario de la saga. Y sí, ya se, el “mérito literario” es una cualidad inefable y siempre discutible, pero normalmente me cuesta menos crearme una impresión, subjetiva y más o menos equivocada, que me sirve para entender los libros y, más importante, para entenderme a mí mismo como lector. La Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin hace saltar por los aires mi persona de reseñador aficionado, convirtiendo en un monstruo incontenible al pequeño fanboy que llevo dentro. Lo hizo con el primer libro, lo ha hecho con todos los que lo han seguido, y lo ha vuelto a hacer ahora. No puedo más que quitarme el sombrero ante GRRM, encomendarme a los dioses de la paciencia y rezar para que la espera hasta el próximo libro no se me haga tan larga como se me ha hecho con este.

Matrícula de honor.

 

Edición reseñada

A Dance With Dragons
George R.R. Martin
Bantam (12 de julio de 2011)
Versión Kindle

[Una versión en catalán de esta reseña apareció originalmente en la Biblioteca de Ilium en Tumblr. El motivo por el que la vuelvo a publicar traducida es su nominación en los premios Hugo 2012]

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A Monster Calls, de Patrick Ness

A Monster Calls

The monster showed up just after midnight. As they do.

Sin duda, A Monster Calls ha sido uno de los puntos álgidos de mi experiencia lectora durante 2011. Este pequeño libro es, sino una joya, si una daga sacrificial adornada de diamantes que se te clava en las entrañas y se retuerce en espiral hasta dejar un hueco en tu interior en el que no cabe nada que no sea la tristeza. ¿Qué exagero? Ya… leedlo y me decís…

Conocía a Patrick Ness por The Knife of Never Letting Go, tal vez el mejor libro juvenil de ciencia ficción que jamás haya leído del que, casi imperdonablemente, tengo pendientes sus dos secuelas. A Monster Calls es un libro muy diferente, que también tiene un marcado componente de fantasía pero que dudaría mucho en enmarcar dentro del género, a pesar de haberse llevado uno de los Kitschie Awards de 2011. Aunque el libro está dirigido claramente a una audiencia juvenil puede ser disfrutado a cualquier edad. De hecho, funciona a tantos niveles que el lector en ningún momento tiene que rebajar su nivel de exigencia. Da igual como lo evalúes: historia, implicaciones, construcción de personajes, nivel de la prosa. El libro destaca en todos.

No quiero dar muchos detalles de la trama. Sólo diré que es una de las mejores exploraciones del sentimiento de pérdida que he leído. Es una lectura muy emotiva que se aleja de sensiblerías y de blancos y negros. Aunque uno de los temas del libro es el valor catártico de la imaginación (casi como necesidad para aceptar lo jodida que puede llegar a ser la vida) su enfoque, al menos en lo psicológico, es extremadamente realista e incluso políticamente incorrecto, describiendo perfectamente la imposibilidad de dar una buena respuesta a determinadas heridas emocionales. En un libro por su extensión es poco más que un relato, Patrick Ness da más muestras de su capacidad como narrador que muchos escritores más consagrados a lo largo de toda su obra. Su uso del lenguaje, de los diálogos y de las transiciones entre diferentes registros de la narración es impecable y algo digno de contemplar. Después de este libro, no pienso dejar nada sin leer de este autor.

Es un librazo. Literatura de la buena y un libro a no perderse de ninguna de las maneras. Cinco estrellas porque es el máximo que permite Goodreads, pero se queda corto.

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